La novela de Rabinyan asoma una puerta a la realidad venezolana, consumida por una intransigencia abismal que parece no tener fin.

Estos ejemplos nunca podrán explicar a la perfección lo que ocurre en Venezuela, pero son paradigmas y nos pueden ayudar a tomar decisiones.

Es verdad, las protestas inauguraron un espacio inédito: crearon la oportunidad para encontrarnos en la calle con gente que nunca habíamos visto y encontramos solidaridad.

Así como han contribuido al cambio necesario, estas protestas formadas al calor de la conexión digital, se han quemado también en la efervescencia de una acción de calle atomizada sin mayor resultado.

Es la devoción, el reconocimiento de un espacio sagrado, un umbral de la conciencia iniciado al intentar la inteligencia crear una comunidad de sentido en la tierra.

Dios no es, como sostiene un amigo escritor valenciano, de barba y verso fino y cuyo nombre no aparecerá en esta página, una alucinación en el desierto, el fruto de días o años de insolación.

El chavismo mostró lo peor del venezolano: le dio permiso, autoridad, peso político incluso, a la maldad.

Un verdadero matrimonio vive siempre en período de prueba. Igual debería ocurrir en política.

Salvando distancias, el apocalipsis venezolano muestra el lado más oscuro de la historia latinoamericana, pero también incluye la esperanza de una sociedad mejor y la necesaria negación del presente horror.

La pregunta que debemos hacernos, tomando en cuenta la creciente radicalización venezolana, está relacionada con esa dinámica absurda del fundamentalismo: ¿qué pasará con nosotros?

El concepto de nación, entre nosotros los venezolanos, es más problemático y se acerca al terreno de la ciencia ficción, más que a la teología o la reflexión política.

El venezolano común se ha dado cuenta que el socialismo es tan sólo una careta, la máscara para una función del circo y un sólo guión: asaltar impunemente las arcas públicas.