La verdad es que tanto Ulbricht como Adenauer, sobrevivientes ambos del holocausto nazi, sin ser judíos, desconfiaban de los alemanes. Las lecciones de la II Guerra Mundial eran muy claras. Si se les deba la oportunidad, los alemanes se volverían fascistas. Y para impedir que no volviera a pasar, Ulbricht organizó el servicio de policía secreta más temible que haya conocido la historia. Su propósito en la vida, sostiene Frederick Kempe en su libro Berlin 1961, fue salvar el nuevo Estado comunista alemán de caer en las garras de un fascismo rejuvenecido. Adenauer compartía su desconfianza y por eso estaba tan empeñado en asociar su país a la OTAN y al Mercado Común Europeo. Si tenían tanto en común, ¿qué los separaba? Sencillo: la superioridad económica del sector occidental. Días antes de la construcción del muro, Krushchev recibió una noticia espantosa. El éxodo de los refugiados había subido a una exorbitante cifra de 10.000 semanal, algunos días superando más de 2.000 personas cruzaban la frontera. A ese ritmo, el colapso de Alemania oriental era inevitable. Los líderes comunistas de Hungría, Polonia y Checoslovaquia observan la situación con preocupación. Se le encomendó al jefe de asuntos de seguridad del Comité Central del Partido Comunista de la RDA, el prometedor líder Eric Honecker todo lo relativo a la logística e implementación de la construcción del muro. Tenían que ser muy cuidadosos, nadie podía enterarse y las compras de doscientos kilómetros de alambre púa al exterior debían hacerse de manera aislada, sin provocar sospechas. Hoenecker sabía que del éxito de la operación dependía su ascenso en el Partido, sería el segundo en el mando y el primero en la lista para suceder a Ulbricht. Como ocurre siempre en el socialismo, el ascenso político pasa por el dolor y la miseria de los otros.

Los discursos militares pasaban a un segundo lugar en importancia en comparación a un posible colapso de Alemania oriental. Krushchev abandonaba los planes para reducir el Ejército Soviético a 1,2 millones de soldados y más bien aumentaba su presupuesto de defensa en un tercio. Alarmado, Kennedy hacía lo mismo, aprobaba 3,4 miles de millones en nuevos armamentos para las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y subía el número de sus tropas a un millón. Todo presuponía un choque de ideologías incapaces de coexistir pacíficamente, siendo Berlín el punto más álgido de la concentración, donde nadie podía echarse para atrás. Pero la realidad era que la RDA se derrumbaba solita, la gente se iba, sobre todo los jóvenes y preparados. La economía caía en un precipicio sin fondo.

Los países firmantes del Pacto de Varsovia se reunieron un par de semanas antes de la construcción del muro. Todos lo aprobaron. Cuando las barbas del vecino está ardiendo, pon las tuyas en remojo. Lo que no aceptaron fue la solicitud de Ubricht de mayor ayuda económica. Wladyslaw Gomulka de Polonia, Antonin Novotny de Checoslovaquia y Janos Kadar de Hungria argumentaron lo contrario: Alemania Oriental debía ayudarlos, pues la economía de sus respectivos países dependía en buena parte del comercio exterior con Europa occidental y seguramente su apoyo a la construcción del muro les traería sanciones económicas.  La producción agrícola de los países socialistas venía en picada y mientras sus líderes estuvieran en control de la producción, no serían capaces de alimentar a sus pueblos. Cualquier semejanza con Venezuela sería ajena a la realidad y extemporánea. Los enormes problemas causados por los refugiados que huían en masa del régimen de Ulbricht se convertían en radicalismo político y en la posibilidad de una conflagración nuclear entre Estados Unidos y la URSS. Nunca se llaman a las cosas por su nombre. Todavía hoy, a pesar del impulso de casi treintas años de la reunificación, se nota una diferencia entre las construcciones del Berlín comunista y del occidental. La huella del muro sigue ahí, una cicatriz imborrable en la cara de la ciudad: un rictus que deja ver una expresión amarga, una identidad perversa que no puede ni debe ser olvidada. El día de la unidad alemana se celebra el 3 de octubre como una fiesta nacional. Ese mismo día en 1990 el Congreso de la RDA decidió por mayoría adherirse a la Constitución de la RFA y por una razón muy sencilla: impedir el definitivo colapso político y económico del país. Der 3. Oktober ist als Tag der Deutschen Einheit gesetzlicher Feiertag. El día nacional de la RFA había sido hasta entonces el 16 de junio, en conmemoración de los eventos ocurridos en la RDA en 1953 (Volksaufstand in der DDR), cuando un levantamiento de los trabajadores en más de quinientos centros urbanos y en reclamo de mejores condiciones laborales fue salvajemente reprimido por los autoridades del Partido Comunista, con ayuda solidaria, por supuesto, del Ejército soviético. Simbólicamente y de manera apropiada, el 17 de junio la Policía del Pueblo (Volkspolizei) y las tropas rusas abrieron fuego sobre los manifestantes reunidos en la Plaza Marx-Engels, cerca de las Puertas de Brandenburgo.

Ricardo Bello

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