Kennedy, Brandt y Adenauer en Berlín

Kennedy no será juzgado de manera complaciente por la historia, no será recordado por lo buenmozo que era, for his goodlooks dirían los norteamericanos; ni por la elegancia de su esposa, que deslumbró a de Gaulle en su famosa visita a Francia, antes de reunirse con Khruschev en Viena, semanas antes de la crisis provocada por la construcción del Muro. Será recordado por haber entregado a Berlín oriental en un gesto de debilidad. Al no haber hecho nada frente a la construcción del Muro, envío un mensaje inequívoco a los rusos, grandes jugadores de ajedrez: sigan avanzando, como las tropas en la Sinfonía 7 de Shostakovich, indetenibles, alegres en el terror y la miseria que prodigaban. El 6 de septiembre de 1962, el mismo Khruschev le confesó a Stewad Udall, altísimo oficial del gobierno norteamericano de visita en Rusia: “Kennedy entiende lo que está ocurriendo, pero no tiene el coraje necesario para enfrentarme”. El 6 de octubre la totalidad de los misiles atómicos estaban instalados en Cuba, con capacidad para destruir Nueva York, Atlanta o Miami. Los soviéticos consolidaron su posición: Berlín oriental estaba perdida. Si Kennedy atacaba a Cuba, la URSS destruiría Alemania.

Kennedy no tuvo más remedio y reaccionó, no sólo porque el peligro era mayor: Cuba estaba muy cerca de los Estados Unidos, no se trataba de Berlín, a miles de kilómetros de distancia, sino  por razones de índole política. Kennedy pensaba en su reelección. No había manejado correctamente su relación con el Kremlin, salió trasquilado en su primer intercambio político con Khruschev y esa debilidad no sería perdonada por el electorado. Y además, finalmente entendió lo que todos los opositores a su gobierno en Washington le decían: cada vez que mostraba indicios de negociar, los rusos se aprovechaban y avanzaban. Su disposición al diálogo era interpretado como debilidad. El General Curtius LeMay alertó al Presidente: si no muestra  carácter con el asunto de los misiles de Cuba, lo van a empujar aún más hasta que lo vean corriendo, retrociendo por todo el planeta frente el avance soviético. Perderá Berlín occidental, el sudeste asiático y quén sabe que otra región. Efectivamente, cuando Kennedy habló y decretó el bloqueo a Cuba, Khruschev retiró inmediatamente las tropas soviéticos de la frontera entre Berlín oriental y occidental, una manera de decirle que no correría el riesgo de una guerra termonuclear con los americanos. Khruschev fue el primer sorprendido con esa desconocida muestra de carácter del Presidente norteamericano. Un nuevo vocabulario, un nuevo lenguaje político entre dos líderes que se amenazaban mútuamente, intentando consolidar sus posiciones sin llegar a la conflagración nuclear. Los berlineses celebraron la derrota de los rusos en Cuba como un éxito propio, entendieron que a los rusos les habían dibujado una raya en el piso, que no serían capaces de cruzar. Meses después de finalizar la crisis de los cohetes, el 26 de junio de 1963, Kennedy visitó Berlín. Su discurso fue el mejor de toda su vida, una pieza de oratoria de antología, emotiva y profunda, que merece ser recordada y por la cual él también será recordado:

There are many people in the world who really don´t understand, or say they don´t, what is the great issue between the free world and the communist world. Let them come to Berlin. There are some who say that Communism is the wave of the future. Let them come to Berlin. And there are some who say in Europe and elsewhere we can work with the Communists. Let them come to Berlin. And there are even a few who say that it is true that Communism is an evil system, but it permits us to make economic progress. Lasst sie nacht Berlin kommen. All free men, wherever they may live, are citizens of Berlin and, therefore, as a free man, I take pride in the words ´Ich bin ein Berliner´.

Khruschev recuerda en sus Memorias  una conversación suya con Ulbricht, el Secretario General del Partido Comunista de la RDA, donde le admite que tanto Kennedy como Adenauer a la final quedaron felices. El problema de los refugiados de Berlín oriental los estaba afectando y el Muro fue una solución efectiva a la crisis. En el fondo, lo que deseaba el gobierno norteamericano era mayor estabilidad en las fronteras entre los países firmantes del Pacto de Varsovia y los de la OTAN. Y como nos dijo la politóloga venezolana Nelly Arenas en un Diplomado de la UCAB, el problema de la gobernabilidad no es exclusivo de la democracia. La gobernabilidad autocrática o totalitaria también existe, ahí está Cuba como ejemplo y así pasó con Alemania Oriental: transcurrieron tres décadas antes de que se viniera abajo, poco después de la caída del Muro. Treinta años no son nada, pero veinte una eternidad.

 

Ricardo Bello

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