Es difícil saber qué nos transforma en sobrevivientes. No podemos comparar la actual situación en Venezuela con lo que ocurrió en otros países: Japón en agosto de 1945 o la Shoá en Polonia, por ejemplo, pero podemos aprender. No sólo a honrar y respetar a los que se fueron e impedir que situaciones semejantes vuelvan a ocurrir, sino a aventurarnos a reconocer en nuestras vidas las situaciones límites que asoman la posibilidad de la muerte o la locura. El psiquiatra venezolano Carlos Rojas Malpica ha tocado el tema en sus ensayos y fue merecedor del Premio Nacional de Psiquiatría este año, lo cual es una clara invitación a frecuentar su pensamiento o al menos a intentar averiguar qué regiones de la mente explora hoy su natural curiosidad intelectual. Me preocupa el cuidado con el que me aventuro a tocar el tema, como evadiendo la zona, excusándome con la prohibición de no molestar a los muertos, cuando justamente son maestros de vida, camuflados en el anonimato, pero auténticos maître à penser, sobre todo si se fueron antes de tiempo y en situaciones inaceptables. Nos muestran la fragilidad del tiempo y ayudan a tomar responsabilidad por nuestras pensamientos, sin dejar nada al azar, salvo el asombro de poder abrir los ojos de nuevo cada día y recordando que ellos no podrán.

El tema es vital. Nuestro querido José Manuel Briceño Guerrero nos invitaba a tocarlo, debes saber por qué eres un sobreviviente, me decía. Cuando te conocí, hace más de treinta años, parecías haber salido de una guerra: estabas cubierto como de ceniza y poco a poco, a medida que pasó el tiempo, tu piel recobró su brillo y echaste de lado ese peso que te agobiaba. Eres un sobreviviente y debes respetar esa condición, no pierdas el tiempo con rencillas de rivalidad política, no malgastes tu inteligencia con la crónica del antichavismo. Tienes que averiguar y aclararte a ti mismo qué fue lo que pasó. La gente se acordará de esta etapa histórica y utilizará el recuerdo (de su pesadilla, añadiría) para crecer. Tienes algo que decir, no se te olvide. Nunca recibí mayor estímulo al estudio o a la escritura y buena parte de lo que hago está vinculado a esa presencia afectiva e intelectual. Por eso me atrevo a tocar el tema de la sobreviviencia, es una cuestión de honestidad, sin faltarle por eso el respeto a los muertos, que en paz descansen.

Cristopher Nolan toca el asunto en su nueva película: Dunkirk (2017). El nombre, más apropiado sería imposible, viene de un lugar en la costa al noroeste de Francia que quiere decir “Iglesia en la duna”, con el énfasis en el kerke en neerlandés flamenco, cercano al kirk escosés, al kirche alemán y hasta la misma palabra church en inglés. Ahí fueron evacuados a finales de mayo en 1940 más de trescientos mil soldados aliados, casi todos ingleses, que escaparon del asedio nazi y fueron transportados a Inglaterra gracias a la Operación Dinamo, con enorme participación de la marina mercante y civil. Mientras eso sucedía, el Primer Ejército francés con apenas 40.000 hombres mantuvo a raya a siete divisiones alemanas, tres de las cuales eran de tanques Panzer, para que pudieran escapar los británicos; hasta ahí llega cualquier comentario a la indiferencia gala. Pero la película de Nolan, aún cuando sea su obra maestra y una tremenda película de guerra, toca realmente otro tema: el de la sobrevivencia.

No se trata de acusar a los alemanes, que nunca aparecen en la película, salvo unos segundos al final de la cinta y para colmo desenfocados. El peligro que corren los soldados ingleses es absolutamente real, pero el énfasis se coloca en su determinación a sobrevivir y lo más importante, sin el menoscabo de su salud mental. La continuidad de la vida no es suficiente: hace falta escapar a la contaminación de la nada, ese esfuerzo metafísico de la guerra en transformar a los seres en animales, aún estando vivos. Nolan lo logra y el final de Dunkirk es un testimonio de la capacidad del hombre para regenerarse o al menos para resistir la transformación que la desesperación logra, anulando todo indicio de humanidad. Una película que sí muestra la destrucción total del hombre frente a la guerra es Fires on the Plain (1959), dirigida por el cineasta japonés Kon Ichikawa, basada en la novela de Shohei Ooka. Ichikawa tiene otra gran película sobre la guerra, también desde la perspectiva del Japón, The Burmese Harp (1956) y en comparación, Nolan es un optimista. El terror está ahí, el miedo corroe y atraviesa su película de punta punta, así no se vean los rostros de los agresores, tan sólo sus aviones, pero el espíritu humano triunfa, por decirlo de alguna manera. Ichikawa muestra la otra cara de la guerra: la destrucción de la humanidad misma.

Independientemente de los resultados de las elecciones, pudiéramos decir que el chavismo buscó transformarnos en sobrevivientes. Su paso por el Gobierno será recordado por generaciones como una de las experiencias más destructivas y criminales en toda la historia latinoamericana. Pero justamente, el cine y la literatura nos permiten recordar que más allá de la negatividad intrínseca, fundacional y metafísica del proyecto del difunto HCF y de sus consecuencias en el orden social, jamás pudieron vulnerar nuestra voluntad de vivir bien, haciendo el bien y creyendo firmemente en la grandeza de una vida enfrentada al mal y a la corrupción que representan.

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