Hay un interesante concepto japonés llamado enryo, los kanjis son 遠慮, una combinación de lejanía y prudencia, que altera cada sinograma logrando un nuevo significado, algo así como vergüenza o recato, el rehusarse, excusarse o abstenerse de iniciar una acción por discreción; es una educación extrema, una gran delicadeza que logra expresarse en silencio, por el vacío que provoca. Pienso en mi ignorancia de ese complicado lenguaje que sería equivalente al gesto de quien, por bondad o consideración a los demás, prefiere colocar los intereses y necesidades de éstos por encima de los suyos. Es una condición de ternura muy especial, delicada y difícil de encontrar y mi hermana Irene, que falleció la semana pasada, tuvo esa capacidad o al menos la practicó y con raras excepciones. Recuerdo cuando éramos chiquitos y peleábamos a ver quién escogía el programa que veríamos ese día. Nos dejaban estar media hora diaria frente a un pequeño televisor en blanco y negro, siempre y cuando hubiésemos terminado las tareas. Una semana tenía ella el derecho a escoger y una semana yo, lo cual tenía el efecto de crear una pequeña discusión, que por lo general ganaba yo, tratando de convencerla para que ella optara por mi preferencia. Nada de pantallas planas gigantescas como las que se consiguen en tantos apartamentos ahora, la Samsung no existía y los aparatos japoneses recién comenzaban a conocerse. Me estoy desviando, pero a ella no le hubiera importado, pendiente de no intervenir groseramente en los pensamientos y en el sentir de quien estuviera a su lado, su hermano en este caso. Terminaba dándome la razón y escogía en su turno lo que yo estaba empeñado en ver. No me imponía por habilidad o manipulación, me hacía creer que yo era más efectivo en la negociación y me seguía la corriente, sin que me diera cuenta.

La suya era una delicadeza en el trato como sólo la puede practicar un niño amable, liviano y además consciente, pero de manera casi involuntaria, como sin darse cuenta, de su inclinación por crear bienestar en su acompañante, pendiente de la forma como su lenguaje afecta a los demás. Nunca he pisado tierra japonesa, pero me gusta creer que es algo así. Imagínense un cardiólogo que sufra de la tensión en Venezuela, por ejemplo, y decida regalarle el Losartán que debe tomar a un paciente cuya vida está en peligro al no haber conseguido el medicamento. Uno puede literalmente morir de ternura, con ese espíritu de entrega o enryo que poseen pocas personas e Irene tenía como para regalar. Nunca estuvo interesada en visitar el Japón, que yo sepa, prefería Florencia entre todas las ciudades o Firenze como la llamaba con un perfecto italiano, pero al morir, seguramente exclamó en su interior o así me lo imagino, algo así como Shu Jesusu, awaremi tamai o Señor Jesús, ten piedad de nosotros. Miguel, un sacerdote jesuita, le dio la comunión y expiró un par de días después, temerosa del tránsito. Ahora podrá finalmente experimentar de primera mano a la más absoluta delicadeza, como sólo puede proporcionarla Aquel, cuyo nombre preferimos dejar de nombrar, por ignorancia tanto como por educación y respeto.

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