Garry Wills es un historiador norteamericano, involucrado con los temas propios del catolicismo, tales como la responsabilidad individual, la fe y la ética contemporánea, cuyos libros lo han hecho acreedor a premios tan importantes como el National Book Critics Award en 1978 y el Pulitzer Prize en 1993 por su comentario del discurso de Lincoln en Gettysburg. Ha sido calificado como el más importante escritor católico de su país en los últimos cincuenta años y ahora nos ofrece, inesperadamente quizás, un nuevo libro: What The Qur´an Meant and Why It Matters (2017), algo así como Cuál es el significado del Corán y por qué es importante. Sin conocer la lengua árabe se atrevió a leer el libro sagrado del Islam, a estudiarlo con detenimiento, sin que su ignorancia del العَرَبِيَّة‎ (al-ʻarabiyyah), una de las lenguas más bellas en la historia del mundo, fuera un impedimento. Es la misma condición que tienen cientos de millones de musulmanes, asiduos lectores del Corán, pero incapaces de leer más de una docena de palabra en árabe clásico.

Wills sostiene que la cruzada neoconservadora que llevó los Estados Unidos a invadir Iraq, fue producto no solo de una crasa ignorancia sobre la naturaleza de las sociedades del Medio Oriente, sino consecuencia de un infantilismo intelectual, inspirado en la teoría de Francis Fukuyama publicitada en El fin de la historia y el último hombre, a saber, que el triunfo de Occidente sobre las demás culturas y formas de gobierno es consecuencia del agotamiento de sociedades primitivas inspiradas en un supuesto fundamentalismo religioso. Al pensar George W. Bush (y ahora Trump, palabras más, palabras menos) que casi todos los musulmanes son o pueden fácilmente llegar a ser terroristas, su respuesta a los ataques del 9/11 al World Trade Center fue organizar una operación militar, que aunque teóricamente inspirada en los valores liberales defendidos por Fukuyama, surgía de una mentalidad fundamentalista cristiana convencida de la necesidad del enfrentamiento con el Islam. Cuando el Presidente Bush anunció en 2003 a bordo del portaaviones Abraham Lincoln que las operaciones militares en Irak habían terminado, la cuenta de soldados norteamericanos fallecidos en combate iba por 172, pero cuando entregó el Gobierno a Obama en el 2009, llegaba a 4.539 soldados muertos y 30.740 heridos. De acuerdo a Joseph Stiglitz, Premio Nóbel de Economía y gran adversario de la guerra, Estados Unidos gastó más de tres mil trillones de dólares en operaciones militares en Irak, destruyendo al país y alejando al infinito cualquier posibilidad de construir una sociedad democrática a la usanza occidental.

Luego, la Autoridad Provisional de la Coalición desmanteló en el 2003 al partido Ba´ath, con la excusa de que todos sus miembros eran simpatizantes de Sadam Hussein; de la noche a la mañana quedaron sin trabajo 400.000 soldados experimentados, 300.000 funcionarios del Ministerio del Interior, todos bien armados, así como innumerable cantidad de maestros, enfermeros, empleados civiles y bedeles que requerían del carnet del partido para trabajar. Ese día, según palabras del Coronel John Agoglia, perteneciente al Comando Central del Ejército americano, se consumó la derrota de la guerra y el fin del proyecto fundamentalista de Bush, hundiendo al país en caos y creando las condiciones para el surgimiento del Estado Islámico (ISIS). La sagrada ignorancia del Presidente Bush tenía tres componentes: la ignorancia seglar, imbuida con la noción de que una democracia tipo Walt Disney podía ser impuesta por decreto en Irak; la ignorancia del miedo, que ve terroristas musulmanes en todo aquel que no pertenezca al entorno de un fundamentalismo cristiano tipo Billy Graham; y tres, las más peligrosa de todas, la ignorancia religiosa, que sueña con cruzadas militares contra el Jihad musulmán. El que un ensayista tan serio como Garry Wills, vinculado a la Iglesia católica por su fe, ganador de los mayores reconocimientos que puede ofrecer la comunidad intelectual en los Estados Unidos, se dedique durante largo tiempo a leer el libro sagrado del Islam y que luego reconozca en él valores compartidos por las otras dos religiones monoteístas, el judaísmo y el cristianismo, es una visión para tomar en cuenta, más allá de la inmadurez política de Fukuyama y sus seguidores. El Corán tiene mucho que enseñarnos, sobre todo cuando su lectura se practica en sociedades tan convulsas y desarticuladas como la nuestra. Una atenta meditación de los Sura también puede ayudarnos a entender la oposición al proyecto norteamericano en Irak y el por qué su población, en vez de recibir a los “Liberadores” con flores, los esperó con artefactos explosivos.

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