Venezuela votó, como también lo hicieron la Unión Soviética y los Estados Unidos, a favor de la creación del Estado de Israel y fuimos uno de los primeros países en reconocerlo, un recuerdo grato de nuestra conducta gentilicia.

Si eras santero o babalawo, más chance tenías de subir en la jerarquía militar, en la burocracia estatal o en PDVSA.

Es una condición de ternura muy especial, delicada y difícil de encontrar y mi hermana Irene, que falleció la semana pasada, tuvo esa capacidad o al menos la practicó y con raras excepciones.

Independientemente de los resultados de las elecciones, pudiéramos decir que el chavismo buscó transformarnos en sobrevivientes.

Cada página de sus libros está relacionada con lo que pasa en Venezuela y nos conmueve como un río subterráneo que atraviesa de forma invisible el abismo de tiempos y lenguas diferentes, descifrando identidades y gérmenes poderosos.

Las moscas no provienen de la descomposición moral de una persona o un grupo en particular, lo cual podría discutirse, sino de la putrefacción nacional.

El panorama es alarmante: las nuevas generaciones huyen del país buscando mejores horizontes y la tierra queda sola, sin gente, sin producción, sin semillas o fertilizantes.

La muerte de Mishima ocurrió un año antes de la visita de Kissinger a China en 1971, cuando viajó a escondidas preparando el encuentro entre Nixon y Mao que alteraría por completo el juego de la Guerra Fría. 

¿Entonces, me voy o me quedo?

El amor es más frío que la muerte es uno de los libros más personales de Ednodio Quintero en una ya larga obra narrativa, que incluye además algunos de los mejores ensayos publicados en español sobre clásicos de la literatura japonesa

Después de todo, como escribía Walter Benjamin, la muerte nos da la perspectiva ideal para conocer el sentido de una trayectoria.

“El último hombre en Venezuela estaba sentado en su cuarto, entonces escuchó cuando llamaban a su puerta.” Parece un cuento de Augusto Monterroso, pero no lo es.