Después de todo, como escribía Walter Benjamin, la muerte nos da la perspectiva ideal para conocer el sentido de una trayectoria.

Las moscas no provienen de la descomposición moral de una persona o un grupo en particular, lo cual podría discutirse, sino de la putrefacción nacional.

¿Entonces, me voy o me quedo?

“El último hombre en Venezuela estaba sentado en su cuarto, entonces escuchó cuando llamaban a su puerta.” Parece un cuento de Augusto Monterroso, pero no lo es.

La novela de Rabinyan asoma una puerta a la realidad venezolana, consumida por una intransigencia abismal que parece no tener fin.

Así como han contribuido al cambio necesario, estas protestas formadas al calor de la conexión digital, se han quemado también en la efervescencia de una acción de calle atomizada sin mayor resultado.

Y ese es el punto, cómo diseñar una estrategia política que nos lleva a superar la actual crisis social que padecemos. No conozco otra manera que permitiéndole al venezolano de a pie manifestar su opinión. 

Estos ejemplos nunca podrán explicar a la perfección lo que ocurre en Venezuela, pero son paradigmas y nos pueden ayudar a tomar decisiones.

El chavismo mostró lo peor del venezolano: le dio permiso, autoridad, peso político incluso, a la maldad.

Un Gobierno de transición necesariamente deberá contar con la presencia de dirigentes chavistas, capaces de convocar el apoyo de la minoría que aún apoya al régimen.

Es verdad, las protestas inauguraron un espacio inédito: crearon la oportunidad para encontrarnos en la calle con gente que nunca habíamos visto y encontramos solidaridad.

La pregunta que debemos hacernos, tomando en cuenta la creciente radicalización venezolana, está relacionada con esa dinámica absurda del fundamentalismo: ¿qué pasará con nosotros?