Es verdad, las protestas inauguraron un espacio inédito: crearon la oportunidad para encontrarnos en la calle con gente que nunca habíamos visto y encontramos solidaridad.

Así como han contribuido al cambio necesario, estas protestas formadas al calor de la conexión digital, se han quemado también en la efervescencia de una acción de calle atomizada sin mayor resultado.

El chavismo mostró lo peor del venezolano: le dio permiso, autoridad, peso político incluso, a la maldad.

La pregunta que debemos hacernos, tomando en cuenta la creciente radicalización venezolana, está relacionada con esa dinámica absurda del fundamentalismo: ¿qué pasará con nosotros?

El concepto de nación, entre nosotros los venezolanos, es más problemático y se acerca al terreno de la ciencia ficción, más que a la teología o la reflexión política.

El venezolano común se ha dado cuenta que el socialismo es tan sólo una careta, la máscara para una función del circo y un sólo guión: asaltar impunemente las arcas públicas.

Es la devoción, el reconocimiento de un espacio sagrado, un umbral de la conciencia iniciado al intentar la inteligencia crear una comunidad de sentido en la tierra.

Dios no es, como sostiene un amigo escritor valenciano, de barba y verso fino y cuyo nombre no aparecerá en esta página, una alucinación en el desierto, el fruto de días o años de insolación.

Scholem rechazaba la tradicional teología nacionalista del judaísmo que identificaba pensamiento con territorio. La fe no debía expresarse a través de una ideología, el mismo peligro que Prochnik detectó al ver como familias ultra-ortodoxas ocupaban un espacio demográfico cada vez mayor en la Jerusalén de hoy.

Un verdadero matrimonio vive siempre en período de prueba. Igual debería ocurrir en política.

Salvando distancias, el apocalipsis venezolano muestra el lado más oscuro de la historia latinoamericana, pero también incluye la esperanza de una sociedad mejor y la necesaria negación del presente horror.

La producción de Girard resuelve con gran lucidez, entregándonos un paisaje mítico, terriblemente oscuro, que apenas se ilumina con las camisas blancas de los Caballeros del Grial, incluyendo la del nuevo Rey, en contraste con el horror y la desolación del entorno