Todos temen ese punto de la competencia cuando las piernas intentarán desobedecer a la mente, cuando las dudas azotarán sin piedad la determinación de horas antes. Algunos llaman ese instante “la pared”, el momento cuando toda fuerza desaparece y los músculos dejan de someterse, por algunos minutos al menos, a la voluntad del corredor que tanto tiempo entrenó para culminar esos cuarenta y dos kilómetros.

      Los especialistas lo explican aclarando que la pared ocurre cuando se acaban las reservas de glucógeno, el combustible de los músculos, lo cual sucede generalmente alrededor del Km 30. Pocas carreras como el Maratón de Nueva York ofrecen una oportunidad tan rica para demostrar la voluntad necesaria, el coraje para dominar el cansancio y transformar el dolor que implica correr tan larga distancia en una dinámica para celebrar la vida.

      El recorrido es un homenaje al esfuerzo de Filípides, al legendario soldado griego, que después de participar en la batalla de Maratón, corrió aquel verano del 490 a.C. hasta la ciudad de Atenas para anunciar la derrota de los Persas y la continuidad del proyecto social griego. Hoy en día el Maratón es una fiesta internacional celebrada por la ciudad como uno de los grandes eventos del año, no sólo por la visita de cientos de miles de turistas que vienen a competir o a acompañar a los corredores, y que le dejan cientos de millones de dólares, sino porque los vecinos de Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan se vuelcan a la calle en un número asombroso, que llega casi a los tres millones de personas, para vitorear a esos individuos que dejan el alma en el asfalto de las calles de la Gran Manzana. Japoneses y franceses, italianos y venezolanos, alemanes, finlandeses o españoles, todos llegan para rendirle homenaje a la ciudad.

      Se ha implementado la costumbre de correr por una causa, por unir el esfuerzo a un proyecto mayor: Shoes 4 Africa, por ejemplo, que busca donar zapatos deportivos a los niños de bajos recursos de Kenya, los futuros campeones mundiales; o la Fundación Livingstrong y su lucha contra el cáncer, promovida por el ciclista tejano. Todos corren por alguna razón, así sea darle homenaje a familiares cercanos, y si la motivación es mayor al ego del corredor, pues más rápido se irá y terminará la distancia siendo mejor persona.

      Regresando a Caracas, me leí en el avión un libro de Brad Thor, una mezcla de John Le Carre con Daniel Silva, pero restringido al conflicto entre al-Qaeda y los Estados Unidos. Thor le da al fundamentalismo musulmán el mismo trato que Le Carre le otorgó a la Stasi y a la KGB. Muestra los esfuerzos que la democracia occidental realiza hoy para contener la violencia suicida de los grupos extremistas, inspirados en una ideología intolerante.

      Su libro, Takedown, ocurre precisamente en Manhattan y es una especie de ejercicio de guerra que narra los acontecimientos tras una ataque terrorista a los principales puentes y túneles de Nueva York, justamente aquellos por los que había pasado corriendo pocos días atrás. La lectura me permitió apreciar aún más la calida acogida que la ciudad, una verdadera Torre de Babel, donde conviven en paz musulmanes practicantes, católicos, protestantes, judíos y budistas, amén de otras tradiciones, le otorgó de manera generosa a los maratonistas. El libro de Thor contrasta y aclara en sus excesos el drama real que ocurre en la conciencia de los corredores: la única guerra posible es contra uno mismo.

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