Ellos fueron Andrew Weil, un estudiante de medicina; Huston Smith, profesor de filosofía, autor de textos de religiones comparadas; Richard Alpert, psicólogo clínico, mejor conocido como Ram Dass, maestro de meditación; y el más polémico de todos, el psicólogo Timothy Leary, famoso por su interés por los paraísos artificiales y el uso del LSD. Todos eran miembros de un exigente sistema de educación superior, incapaces de críticas fuera de los canales regulares, pero con ideas creativas, cuestionadores de los métodos por medio de los cuales la conservadora sociedad norteamericana de los años cincuenta integraba y recuperaba eventuales desviaciones.

     Intelectuales a tiempo completo, incapaces de pensar en otro tipo de liderazgo fuera de las aulas, terminaron como héroes y villanos de una década que efectivamente cambió la manera de pensar de una generación, pero lanzó también a miles de jóvenes a la locura y la fármacodependencia. Varios libros acaban de ser publicados analizando su influencia en la cultura del siglo pasado y el mejor quizás sea The Harvard Psychedelic Club de Don Lattin.

     Se sentían parte de la tradición académica inaugurada por William James, autor de Las variedades de la experiencia religiosa, pero también herederos de la actitud de Aldous Huxley, autor del libro Las puertas de la percepción, donde narra sus experimentos con la mescalina. Otro científico, el farmaceuta Albert Hofmann de los Laboratorios Sandoz en Suiza, logró sintetizar por primera vez LSD en 1938, y al hacerlo legó un producto que sustituyó los hongos alucinógenos, probados por Leary al comienzo de su experimento.

      Huxley había iniciado el consumo de alucinógenos en 1953 con fines estrictamente personales, pero el grupo de Harvard estaba interesado en métodos para reducir la violencia, llegando inclusive a realizar experimentos con poblaciones de reclusos a los cuales se les daba dosis controladas de ácido lisérgico. Terminaron enfrentados a las estructuras académicas, convencidos del potencial de la droga para expandir la conciencia y la posibilidad de entregar al común de la gente la oportunidad de conocer el éxtasis religioso.

      En realidad, lo que lograron fue activar la ansiedad de la clase media, provocando el triunfo de Richard Nixon y su guerra a la drogas. La ola conservadora de los ochenta, con Reagan a la cabeza, se inició en los sesenta. Los únicos que se dieron cuenta de lo que tenían en común hippies, feministas, radicales y defensores de los derechos civiles, fue justamente la derecha. Lograron transformar la idea de realidad para una generación entera de norteamericanos, pero lo difícil no era tragar una pastilla, sino encarar el futuro, saber qué hacer con nuestras vidas después de un efímero momento de lucidez o locura.

      Leary terminó como informante del FBI, denunciando a sus amigos para salir de la cárcel. Quizás la persona más influyente del grupo a largo plazo fue Andrew Weil, defensor de la idea de que lo que uno ve con la mente puede cambiar la realidad física del cuerpo. La medicina occidental había descuidado la conexión entre el estado mental de un paciente y la salud física, Weil proponía la meditación, ejercicios de respiración y técnicas de imaginación dirigida. Hoy está a la cabeza de un imperio comercial de alimentos sanos y ha aparecido dos veces en la portada de la revista Time como el gurú del nuevo milenio, al menos en lo que a medicina natural se refiere.

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