El libro lo compré en una de esas tantas ferias de libro cubano que se organizaron en todo el país. Lo conseguí a mediados de los ochentas en una tienda improvisada frente a la Plaza Bolívar de mi pueblo, Montalbán, al Occidente del Estado Carabobo. Me interesó porque su autor era famoso tanto como polémico por su aporte a la llamada Teología de la Liberación, que le costara una sanción por parte del Vaticano, prohibiéndole enseñar en universidades católicas al encontrarse en su pensamiento una distorsión de la palabra de Jesús.

     Las Comunidades Eclesiales de Base se estaban organizando en nuestro país, muchas veces bajo la visión y la reflexión más amplia del Centro Gumilla y algunos sacerdotes Jesuitas venezolanos; y cualquier texto que arrojara luz sobre el fenómeno era interesante, aunque nada como aquella extraordinaria publicación: “La Ciudad Secular” de Harvey Cox. Frei Betto estuvo preso durante cuatro años por oponerse a la dictadura militar brasileña y contó su experiencia en otro libro: “Bautismo de sangre”, donde narra la participación de los frailes dominicos en la resistencia contra la violación de los derechos humanos en Brasil.

      La conversación con Fidel arrojó luces sobre un problema central, que explica la relación del Partido Comunista Cubano con la Iglesia Católica y el trágico destino reservado a aquellos que se opusieron a la sed de poder del barbudo dirigente comunista: fusilamiento, cárcel o exilio. Fidel confesó abiertamente, sin vergüenza o rubor alguno, que para ser miembro del Partido Comunista había que confesarse ateo, se debía profesar la creencia de que Dios no existe y que el mundo real se acaba aquí en la tierra. No existe dimensión espiritual alguna, ni vida después de la muerte o valores y verdades que tengamos que respetar, cuya defensa sea más importante que ganarse unos reales o traicionar al hermano.

     No. Todo se acaba aquí y por lo tanto, todo está permitido. Robar, mentir o abusar de los demás, todo será cuestión de perspectiva. Si soy el centro del mundo, tengo entonces la libertad de conciencia requerida para violar cualquier norma de convivencia. Si la vida no tiene una dimensión espiritual, si el decir mentiras y manipular no crea un círculo vicioso en torno al error y al alejamiento del Bien Supremo, entonces no tiene sentido reconfortarse en la profunda alegría que implica no hacer el mal y amar a Dios.

      El marxismo es una excusa intelectual para violar todas los derechos humanos con la excusa de mantener el poder a toda costa. Al declararse marxista, cualquier político se hace heredero de una tradición de crímenes y pobreza que se inició con la desaparecida URSS y que ha continuado como una reliquia del mundo antiguo, en la brutal dictadura comunista cubana, que ha lanzado a millones de personas al exilio y la muerte. Era lógico pensar que tarde o temprano, Chávez se declararía marxista y enemigo de todos aquellos que se oponían a su sed de poder absoluto, única agenda de su proyecto político, que tantos dirigentes del PSUV acompañan por los beneficios personales que aporta. Pero la verdad, es que el problema del Mal, la decisión de transitar caminos equivocados, está enfrentada a nuestra idiosincracia cultural y religiosa; y sólo traerá más dolor, a menos que se le reconozca como tal y se le enfrente, de manera pacífica y sin armas.

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