Leer los trabajos de Ednodio Quintero relacionados con la literatura japonesa, bien sean traducciones o ensayos, significa reencontrarme con memorias ocultas por las arenas del tiempo. No las del libro La mujer de las dunas de Kobe Abe o a la versión cinematográfica de Hiroshi Teshigahara, que llevó ese clásico de la literatura nipona a la pantalla, sino de recuerdos sepultados que a veces surgen y nos muestran una identidad, una configuración de gustos y apetencias. Tal es el caso de la más reciente traducción de uno de los más importantes ensayos japoneses, El elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki, realizada por el profesor Ryukichi Terao en colaboración con Quintero y publicada en Venezuela por bid & co. editor, una obra clave para entender la sensibilidad de ese lejano país.

     Al igual que este particular narrador merideño, como lo confiesa él en otro gran libro – Tanikizaki, el paradigma -, también publicado en Caracas por la editorial de Bernardo Infante Daboín, llegué a la literatura japonesa a través del cine. Pero en mi caso gracias a Los siete samurai de Akira Kurosawa, hace tantos años ya que no reconozco al inmaduro espectador incapaz de procesar o entender la belleza sugerida por aquella cinta. También le estoy agradecido a Herman Sifontes al haberme sugerido la lectura de este libro, que nos acerca a una comprensión más auténtica y menos dramática de la sensibilidad japonesa. El elogio de la sombra ha sido traducido muchas veces y a las más importantes lenguas occidentales, incluso al castellano y hemos intentado leerlas, aproximándonos a un conocimiento del texto que respete la calidez y la penumbra que estudia y ama con fervor Tanizaki. Pero la versión del castellano que conocíamos, publicada por Siruela, era la traducción de una traducción del original japonés al francés, quizás tomada de la hermosa edición de las obras del japonés publicada en dos tomos por la prestigiosa colección La Pléiade. Otras, como la versión inglesa de los traductores Harper y Seidensticker está muy bien escrita, conceptualmente hablando, pero la fonética del japonés es mucho más cercana a las lenguas latinas que a la aspereza del inglés o a la claridad metálica del alemán.

     Una frase suya podría resumir su actitud: “¿Acaso han visto alguna vez el color de la oscuridad iluminada por la luz?”. Y lean esta frase en la traducción alemana, hecha por Eduard Klopfenstein: “Haben Sie, meine Leser, je die Farbe einer sochen lichtbestrahlten Dunkelheit gesehen?”. El efecto sonoro no podía estar más alejado del japonés, aún cuando Lob des schattens, así se llama el libro en el idioma de Goethe, es un importante esfuerzo y bien realizado. Pero la calidez, la transparencia de la fonética japonesa, traducida ahora por primera vez de forma directa al castellano por Terao y Quintero, nos permite disfrutar de una lectura claramente cercana al pensamiento y arte del gran Junichiro Tanizaki. Y por esto, estamos agradecidos.

Ricardo Bello

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