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Ricardo Bello
Autor

Ricardo Bello (Caracas, 1953) agricultor de oficio y 3era generación de una familia de citricultores, es profesor universitario , dirigente gremial y autor, entre otros, de los libros África y la Teoría, Arte y miedo y Yo, el secuestrable, donde recuerda algunas incidencias en el tema de seguridad en Venezuela.

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El año
del dragón

Es un libro, ciertamente. Pero, no menos, un gesto; el gesto de escribir, el cual, como recordaba Martin Amis en una conferencia, implica un aspecto físico no pocas veces relegado a la hora de estudiar la obra de un autor. El autor se deconstruye y habla con distintos registros; habla Ricardo Bello, pero también hablan otros personajes que pueden o no ser el mismo autor.
Alejandro Oliveros


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El miedo no siempre es malo, permite percibir crudamente a la maldad, la terrible depravación moral que implica asesinar a un cura o a niños indefensos, pero también paraliza, inhibe la acción y corroe toda iniciativa, sobre todo la económica. El miedo no es político; al contrario: sus fuentes y metas son apolíticas, incitan a la indiferencia, al comportamiento paranoico, devasta la inteligencia y logra que una persona baje la cabeza al enfrentar oposición. Pero el miedo se planifica, se ejecuta con la misma acuciosidad de quien cursa una maestría en el CENDES y estudia la planificación estratégica.

-Ouroboro, El año del Dragón, por Ricardo Bello.

     El Embajador Masateru Ito fue hasta hace poco Embajador del Japón en Venezuela, apreciado por sus dones como diplomático y representante de los intereses de su país, pero también como escritor. Acaba de aparecer su traducción directa del japonés al castellano de Este mundo astuto, novela de Ihara Saikaku, publicada por la Editorial Bid & Co. Es un libro importante para entender el período Edo en Japón, cuando aparecen las obras del dramaturgo Monzaemon y las del gran Matsuo Basho, maestro insuperable del haiku, cuyos Diarios de viaje también fueron traducido por Ito y publicados por el Fondo de Cultura Económica en México.

      El período Edo, explica Ednodio Quintero, colaborador en la traducción y autor del prólogo del libro, arranca en el año 1600 con el triunfo del Shogun Tokugawa Ieyasu y se prolonga hasta 1868 con la Restauración Meiji, cuando Japón abre sus fronteras y experimenta de forma dramática, casí maníaca, la cultura occidental, sacrificando su identidad milenaria a la grosería de gaijin apenas interesados, según argumentaba la oposición tradicionalista, en la riqueza y el lucro personal. La historia cultural japonesa ha estado marcada por períodos de aislamiento y globalización, al ritmo de una respiración histórica de grandes proporciones. Inhala y las costumbres económicas y religiosas del mundo exterior llegan a las playas de Yokohama y Nagasaki. Se detiene la respiración, exhala y nada entra, queda el mundo bloqueado a voluntad de los jefes políticos de turno. Japón se abre al mundo entre los siglos VI y VIII: llega el Confucionismo, el budismo y la escritura china, que adaptarán a su idiosincracia y cierra de nuevo sus fronteras a partir del siglo XIII. Arranca entonces otro período de globalización: aparece el cristianismo, las armas modernas y el comercio internacional. Se vuelve a cerrar a partir del siglo XVI, cuando se prohibe incluso con pena de muerte intentar salir del país. Comienza aquí el período Edo, que toma su nombre de la ciudad capital del shogunato (la actual Tokio), son los años del escritor Ihara Saikaku.

      Los Tokugawa lograron conservar el poder durante 15 generaciones, controlando a los daimyo, jefes militares y políticos en la provincia, pero también imponiendo una estricta vigilancia sobre el comercio y el cristianismo. Se intentó minimizar la movilidad social, creando grupos claramente diferenciados en un modelo neoconfucionista: los samurai en el tope de la pirámide, acompañados de su estructura burocrática; los campesinos, luego los artesanos y por último, en el escalafón más bajo de la jerarquía social, los comerciantes. Y es esta última clase, en cuyo seno nace Saikaku, un universo social que analiza con humor y franqueza en Este mundo astuto. No critica su clase social, pero tampoco la alaba, es una fotografía de costumbres y estados de ánimo como sólo la literatura puede ofrecer. Reconoce los valores de un capitalismo incipiente, sus preocupaciones e ideales que serán aceptados abiertamente un par de siglos después, al iniciar Japón su nuevo período de globalización con la Reforma Meiji.

      Estamos acostumbrados a visualizar el mundo feudal japonés en términos planteados por bestsellers como Shogún - una lectura importante no tanto para entender el Japón, sino para reconocer cómo los occidentales hemos visto a ese país - o por las películas de artes marciales y su idealización del samurai. Hasta la misma Ruth Benedict, antropóloga al servicio de las fuerzas de ocupación norteamericanas en el Pacífico, cae a veces en el mismo error en El crisantemo y la espada: patrones de la cultura japonesa, un libro que sirvió de manual para el Ejército de Douglas MacArthur a la hora de relacionarse con la población local. Saikaku no está interesado en el Bushido o la vía del guerrero, sino en el Chonindo o la vía de lo mercaderes y artesanos que cogieron impulso en la era Tokugawa. Reconocemos en Este mundo astuto a las historias verdaderas de la gente del común, como el mismo Saikaku lo apunta, un mundo donde el dinero y no la espada, ordena y es obedecido:

Cuando un hombre se hace rico, la gente siempre dice que es afortunado. Pero esta no es más que una expresión convencional, pues en realidad se hace rico y su casa prospera a causa de su talento y previsión. Ni siquiera Ebisu, dios de la riqueza, es capaz de ejercer su poder a voluntad sobre los ricos.

      El relato se organiza en torno al motivo de las fiestas de fin de año, cuando la población intenta llegar al año nuevo sin deudas o dinero por cobrar y con una abundancia económica mínima que servirá de pauta a los meses por venir. Aquí no estamos al frente una visión idealizada de los valores de la clase samurai, tal como la presentó Inazo Nitobe en su libro Bushido: el alma del Japón (1900), donde pretende identificar una esencia cultural japonesa más cercana a la idea de caballerosidad y que nos trae más bien recuerdos del Mío Cid. Los personajes de Saikaku, en cambio, lucen cercanos a los comerciantes que conocemos, a miembros de nuestras familias incluso, obsesionadas por el dinero y la ambición de ser rico. Aquí Max Weber y su estudio sobre el espíritu del capitalismo nos puede ayudar a entender lo que pasa, más que el fantasioso Nitobe, que nunca despertó de su intoxicación marcial. Los samurai despreciaban a los comerciantes, último escalafón en la estratificación social del país, pero no tenían manera de saber que serían sepultados y enviados a las estanterías de los museos precisamente por esos bodegueros, cobradores y avaros comerciantes.

      El Japón es un país muy complicado y a veces todavía sentimos ráfagas de Bushido oponiéndose a una realidad donde la globalización impide cualquier identificación con el guerrero samurai. Esa fue la tragedia de Yukio Mishima. Pero también tenemos escritores como Haruki Murakami, para nada interesados en su herencia cultural. En definitiva, damos las gracias de nuevo al Embajador Ito y a su colaborador merideño por esta deliciosa traducción, escrita con un castellano tan nuestro que casi logra transformar a los personajes de Saikaku en tíos y abuelos, demasiados cercanos como para poder negarlos.

Ricardo Bello

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