Entrevista con Orlando Baquero

Hay vinculaciones profundas en la agricultura, correspondencias entre las materias que se abrazan bajo ciclos naturales y que propician el cultivo de pasiones y realizaciones. La vocación creadora halla, en la siembra, la técnica para construir un entusiasmo y una noción de oficio y vida, insistente en la necesidad de intuir, propiciar y construir, nuevos paisajes a lo humano y nuevas narrativas para la tierra.

“Todo aquel que se consagre a la literatura, a la poesía, debe aprender botánica”, refiere el poeta José Joaquín Burgos, parafraseando al gran Luis Beltrán Guerrero, su maestro en el Pedagógico de Caracas en los tiempos de las grandes artesanías del alma nacional. Algo de alquimia se presiente en el hecho de plantar y cosechar cuando, por observancia, este hecho deviene en voz que descubre, en labrar de la mirada y en vocación literaria que transmuta todo en imágenes y símbolos, en metáforas que se convocan en capítulos de la gran novela que se vive mientras se llega a la escritura, esa otra labranza que se ejecuta para relatar y, por lo tanto, conocer, más adecuadamente, la densidad de lo vivido.

Con Ricardo Bello nos asiste un repertorio de alegorías con las cuales vigorizamos la confianza en la literatura como ámbito para el registro de nuestro paso por la vida, de los seres de nuestra vida y las experiencias maravillosas en ese paso, en cualquiera de las acepciones del término maravilla que se pueda imaginar.

Agricultor, doctorado en letras, diplomado en gerencia, judoca, maratonista, Bello nos recibe en su casa antes de darnos un recorrido por su finca, lugar y universo laboral que trastocó lo que inicialmente sería una reseña literaria de un autor, en una semblanza editorial de un pensador que milita en la cotidianidad. La razón del encuentro fue conversar sobre su último libro publicado “El año del dragón” (La Castalia, 2015), obra curiosa en el panorama literario venezolano por su estructura, su mixtura, su narrativa y sus instantes, y en la que el autor se propone narrase a sí mismo en la perspectiva de sus pasiones.

Palabras iniciales

La conversación inicia en el ambiente de una Caracas del año 1953 en que nació y sigue en el relato de una infancia nombrada en francés, pues es la lengua de sus primeras lecturas y la que escogió su padre para realizar estudios de postgrado, específicamente en filosofía. París le acoge como su primer paisaje a muy temprana edad. Es la ciudad de sus primeras letras, allí transcurren varios años de su infancia, entre libros, charlas de sobremesa y la atmósfera de una lengua que ya había hecho suya.

Cuando regresamos a Venezuela, tuve que aprender castellano de cero, pues el francés se había convertido, prácticamente, en mi lengua materna. Pero no sólo debí asimilar el aprendizaje del idioma, sino que me fue extremadamente difícil asimilar la escuela. No pude adaptarme, por lo que mis padres se vieron en la necesidad de internarme en alguna institución que brindara el reforzamiento que requería mi escolaridad. Así me enviaron, primero a Los Teques, y luego al exterior, a los Estados Unidos. Hacia allá partí a los catorce años.

De allá regresa a los dieciocho con el firme propósito de emprender una carrera universitaria, nada sorprendente, si no fuese por el hecho de revelar una vocación humanista y deportiva que a la larga definirá su talante competitivo, metódico y erudito.

Quise ir a estudiar a la universidad de Tel Aviv, en Israel. Me llamaba la atención la cultura hebrea, pero principalmente, porque esa universidad tenía un gran equipo de corredores y yo ya estaba seducido por la disciplina del Maratón. Mi padre no estuvo de acuerdo, y resolvimos inscribirme en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Allí estudié letras y egresé con una tesis sobre el judaísmo, sobre cómo los autores y la literatura judía contemporánea, asumían y criticaban el judaísmo. Un tema muy particular y por el cual conocí a uno de los hombres más sabios y generosos que ha tenido Venezuela: José Manuel Briceño Guerrero.

Un preceptor

Durante mis días de culminar la universidad, me entero que en Mérida vivía un profesor a quien le interesaban los temas como el que yo quería. Así que me puse a buscar información sobre él, dónde trabajaba, ¡ah, en la ULA! (Universidad de Los Andes); dónde vivía, ¡ah, en La Pedregosa! ...por tal sitio… y así llegué a su casa. Él mismo me abrió la puerta, tendría para ese momento unos cincuenta años. Pero lo que más me sorprendió fue su recibimiento “Cómo estás, Ricardo Bello, te estaba esperando”. Y “cómo supo de mí”, me preguntaba yo. Era uno de esos detalles siempre llamativos de su personalidad. Inmediatamente le dije “mire, profesor, me interesa estudiar y profundizar en este tema, hacer una tesis”, ¡coño, qué bueno!, respondió, y nos quedamos conversando como tres o cuatro horas. Desde ese momento nos hicimos amigos, muy buenos amigos.

Briceño Guerrero fue un hombre que a mí me marcó como persona, como el gran escritor que fue, por su manera de pensar, por su lucidez, su creatividad, su compromiso, su pasión por el conocimiento y sobre todo, por su cercanía. Él me decía “no dejes la finca, olvídate de que tu fin es la universidad; tú escribes y tienes un gran talento, profundiza en tus estudios, aprende idiomas, haz una obra”. He tratado de seguir su orientación y eso me ha permitido intentar una lectura y una escritura bastante libre y sostenida. Admiro a quienes pueden vivir de lo que escriben, pero en mi caso he tenido la suerte de trabajar en algo que me gusta mucho y que se complementa con mi escritura, y la nutre. Hay un escritor que me gusta, al punto de que emperecé a estudiar japonés para leerlo en su lengua: Haruki Murakami. Él era un tipo que tenía un negocio, un bar, y empezó a escribir y de pronto tuvo la posibilidad de vivir de su literatura. No pienso en vivir de mi escritura, pero sí vivo pensando en mi escritura, y eso se lo debo a Briceño.

La última vez que nos vimos, cuarenta años después de nuestro primer encuentro, me dijo “Ricardo, tú deberías retomar tu tesis, meterte en ella, trabajarla”. Hice caso a su propuesta y decidí revisarla, pero no tenía copia. Así que le pedí a mi hermana que me buscara una copia en la UCV, cuya burocracia y crisis obligaron a que al final, mi hermana se dedicara con su celular, a tomar fotos de cada una de las páginas, para luego enviármelas por correo electrónico, ordenadas de manera consecutiva. Un trabajo muy dedicado y laborioso que le agradezco mucho.

Un hallazgo literario

Revisando, releyendo y reescribiendo mi tesis, recuerdo de pronto, que yo tenía un interés muy especial, en aquellos años, por irme a Israel. Pienso entonces que hay un punto donde la historia se bifurca y hay dos personas, dos “Ricardos” que se consiguen años después en un libro: uno que parte y otro que se queda en Venezuela. Aunque pensé en escribirlo, consideré muy enrevesado el argumento, así que me quedé con la idea de alguien que se va para Israel a estudiar en un momento de mucha conflictividad política, enfrentamientos militares y juegos geopolíticos reales como lo fue el año 1973, cuyo evento más importante y trascendente en la región, fue la guerra del Yom Kippur. A su regreso a Venezuela escribe una tesis sobre lo aprendido en aquellas vivencias para tratar de comprender la compleja naturaleza humana. Así que al final es una historia sobre la identidad, sobre lo móvil de los arraigos. Pero es una historia que está en construcción, una novela que poco a poco va revelando sus capítulos. Ahora me encuentro ocupado en atender todo lo que “El año del dragón” ha generado, implicado y exigido.

La conversación va fluyendo al ritmo de recuerdos, emociones, conceptos y tomas de posición. Todo mientras nos desplazamos entre naranjales y maizales bajo un sol benevolente en los valles altos de Carabobo, donde Ricardo Bello ha dibujado la cartografía de una herencia y el paisaje de una vocación.

Mucha gente me pregunta “¿pero tú eres agricultor o escritor?”, y yo siempre respondo que las dos cosas o al menos que soy un agricultor apasionado por la literatura y que se expresa desde esa pasión.

La agricultura me ha ayudado mucho, me ha enseñado mucho, en mi formación como persona y como escritor. Cuando se trabaja con la tierra se desarrolla la observación, la disciplina, un sentido fraterno del trabajo y un sentido organizado de la vida; la agricultura enseña a leer la realidad y despierta un profundo respeto por esa realidad. No veo nada excluyente entre cultivar y escribir. Tú puedes sembrar, trabajar la tierra, intentar ser un empresario exitoso en el campo y hacerlo bien, contribuir a crear riqueza en este país, contribuir con el Estado y ayudar realmente a la gente, desde quienes trabajan contigo hasta los que conviven contigo, a base de esfuerzo, constancia y honradez, creando valores ciudadanos y bienestar colectivo y, simultáneamente, sostener un legado de pensamiento y asumir una actitud ante la vida a partir de la palabra escrita y a través de la comunicación de esa palabra.

Un hacer con la palabra

En “El año del dragón”, último libro publicado por Ricardo Bello, se aprecia el legado de pensamiento que ha asimilado y su necesidad de comunicarlo, de expresarlo, de compartirlo.

“El año del dragón” intenta entender qué significa ser una persona que reconoce el mundo a través del libro, a través del estudio e interpretación de la cultura; que vive el presente consciente de que existen varios planos de la existencia individual: un plano emocional, uno espiritual, uno político, uno económico, todo en medio de una realidad social muy importante, difícil, compleja, que nos ha marcado y nos está marcando como sujetos, personas; que nos invade hasta lo más profundo. Contra eso he querido pronunciarme y hasta rebelarme, contra ese intento de sepultar la rica experiencia de la vida.

Estructurado como un cuaderno de notas, en los bordes del diario íntimo, el libro reúne, bajo la alegoría sinfónica, los movimientos de una voz que nombra para “deconstruirse” y rehacerse en los distintos registros desde los que un cronista puede narrar.

“El año del dragón” es un libro autobiográfico, pero también un ejercicio literario que trasciende los límites genéricos. He descubierto y disfrutado cómo el lenguaje, las palabras, te permiten decir muchas más cosas de las que crees posible. Amos Oz y David Grossman (escritores israelíes) fueron en eso, para mí, una gran sorpresa. Me pasó también cuando leí “Paradiso”, de José Lezama Lima. Sencillamente no podía creer que en castellano se pudieran decir tantas cosas que yo creía al margen de la capacidad lingüística del ser humano. Otra novela que me marcó, la cual considero una de las mejores de la última década, es “Nieve” de Orham Pamuk. Es una obra maestra donde se cruzan corrientes de pensamiento y organización de la vida propios quizás, de culturas (como la turca) muy ricas, antiguas y contradictorias. Igual me sucede con W. G. Sebald, autor alemán, quien, por cierto, gustaba mucho a Briceño Guerrero. Son lecturas que te amplían el mundo, las comunicaciones, la experiencia, el pensamiento.

Explorando los alcances de la palabra

Emprendí la escritura de un libro híbrido donde la memoria, el ensayo, la crónica se incorporan a un lenguaje propio de la ficción con el cual puedo narrar los variados y disímiles instantes de una vida, mi vida. En sus páginas están mis pasiones, mis amores, mis preocupaciones, los desafíos por devolver la cordura a nuestro país; la política, el deporte, la lectura, la historia con su carga de terrores y sus testimonios memorables, los personajes que alimentan mi imaginario y las personas con quienes me he hecho quien soy. Es un libro que me dignifica doblemente: por lo liberador que ha sido escribirlo y por el “acto de palabra” que implica. Entendiendo este término como un decir que define la realidad y en el cual la persona se compromete éticamente. Como lo fue en nuestro país antes de que los políticos prostituyeran la palabra, sobre todo la banda extremista que ha secuestrado el poder y que incluso ha querido hasta cambiar significados haciendo juegos verbales para confundir y justificar su sinrazón. Por eso es tan importante la literatura, enseñarla, conocerla, disfrutarla, explorar sus posibilidades, pues en ella se encuentra la esencia de lo que nos hace humanos. La literatura organiza el mundo y nos provee de la materia necesaria para para imaginar y para razonar. Tengo una anécdota muy curiosa y representativa de lo que pienso. Uno de los trabajadores fue testigo de la conflictividad que nos generaba un vecino y pensaban que íbamos derecho a un conflicto, violento o no. Estaba nervioso y se le notaba alterado, confuso con respecto a lo que eran sus responsabilidades. Le di a leer Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. El hombre cambió de actitud, empezó a ver el problema de otra forma, además de hacerse lector. Hace tiempo dejó de trabajar en la finca, pero todavía somos amigos. Es significativa la manera como la literatura puede llegar a ser una ventana hacia sí mismo, como también una compañía para transitar los avatares de la vida.

Un temple de aula

La docencia ha sido una tarea de vida, una búsqueda y un arte por el que Bello, ha propiciado el gusto por las letras y las humanidades, y el conocimiento de las oportunidades que ofrece, a una persona atenta, la vivencia de la realidad desde las grandes tradiciones del verbo.

He ejercido la docencia desde muy joven. A los veintidós di clases en el Liceo Tomás Ignacio Potentini en la población de Onoto en el estado Anzoátegui, cerca de Zaraza. Labor que alternaba con estudios de grabado que cursaba bajo la guía de Gladys Meneses. He dado clases en bachillerato público y privado, en educación superior pregrado y postgrado en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Carabobo. En la UC, coordiné la Maestría en Literatura y un Seminario en su Doctorado en Ciencias Sociales. Ahora doy clases en el Seminario Mayor Arquidiocesano Nuestra Señora del Socorro en Valencia, ayudando en la formación de los futuros sacerdotes.

Siempre me ha gustado el ámbito académico. Estudié administración, hice el programa de formación gerencial del IESA, hice la maestría en administración y negocios en la Universidad de Yacambú, el diplomado de estudios avanzados en gerencia y gobernabilidad política en la Universidad Católica Andrés Bello. Claro, todo junto a mis estudios de licenciatura, maestría y doctorado.

Pienso que se debe trabajar para lograr un sustento para uno y estabilidad y bienestar para la familia, pero el dinero no puede ser un fin en sí mismo. Es importante llevar una vida de reflexión, de creatividad, de pensamientos que considero importante para construirse un legado. En el conjunto de labores y compromisos que he asumido en mi vida, siempre he procurado el tiempo y el espacio para leer, que es junto con el deporte, mi gran pasión. Uno lee en la vida mil, dos mil o tres mil libros, cuyos contenidos, personajes e historias te enriquecen hasta el punto de despertarte un día con la ilusión de que quizás puedas escribir unas páginas que puedan ser memorables para ti y bondadosas para otros, para que puedan sacar algo de la lectura como ya una vez lo sacaste tú.

Una disciplina de fondo

Ricardo bello ha alternado el oficio de leer y escribir con la práctica deportiva. Esto no sería un dato relevante si él no hiciese, de las rutinas de entrenamiento y del apresto competitivo, un texto que le provee de metáforas y narrativa. Judoka y corredor de fondo consumado, en todos los escenarios y niveles que podamos imaginar, Bello ha sabido trascender la inmediatez adrenalizante de un deporte de combate, como la mediática monotonía de un ejercicio ontológico, como lo es el maratón.

Definitivamente estamos ente un escritor del que nos preguntamos ¿cómo es que no es conocido, publicado, distribuido y leído en la dimensión de tantos otros, muy brillantes de su generación? Intuimos la respuesta en el hecho de que en él y para él, la literatura no es una profesión ni una plataforma de afirmación y rentabilidad, sino un camino de vida y un ejercicio existencial. Quizás se deba a su raigambre agrícola y a su facultad de leer entre los ciclos de siembra. Pues de eso se trata el oficio de la siembra, para alguien a quien la vida le reveló las vocales de la tierra.

Orlando Baquero, noviembre 2016

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