Blog... sin editar

 

Kippur, de Amos Gitai

Venezuela y el 29 de noviembre 1947

Los brujos de Chávez

Irene y la delicadeza

Sobreviviendo en Venezuela y Christopher Nolan

La tierra queda sola



Leer más artículos

Ricardo Bello
Autor

Ricardo Bello (Caracas, 1953) agricultor de oficio y 3era generación de una familia de citricultores, es profesor universitario , dirigente gremial y autor, entre otros, de los libros África y la Teoría, Arte y miedo y Yo, el secuestrable, donde recuerda algunas incidencias en el tema de seguridad en Venezuela.

{

El año
del dragón

Es un libro, ciertamente. Pero, no menos, un gesto; el gesto de escribir, el cual, como recordaba Martin Amis en una conferencia, implica un aspecto físico no pocas veces relegado a la hora de estudiar la obra de un autor. El autor se deconstruye y habla con distintos registros; habla Ricardo Bello, pero también hablan otros personajes que pueden o no ser el mismo autor.
Alejandro Oliveros


}


beard club


El miedo no siempre es malo, permite percibir crudamente a la maldad, la terrible depravación moral que implica asesinar a un cura o a niños indefensos, pero también paraliza, inhibe la acción y corroe toda iniciativa, sobre todo la económica. El miedo no es político; al contrario: sus fuentes y metas son apolíticas, incitan a la indiferencia, al comportamiento paranoico, devasta la inteligencia y logra que una persona baje la cabeza al enfrentar oposición. Pero el miedo se planifica, se ejecuta con la misma acuciosidad de quien cursa una maestría en el CENDES y estudia la planificación estratégica.

-Ouroboro, El año del Dragón, por Ricardo Bello.

El silencio de Endo

   Al gran guerrero samurai Toyotomi Hideyoshi se le recuerda como el segundo gran unificador del Japón, después de Nobunaga, al haber pacificado al país gracias a sus reformas políticas. Su mandato sentó las bases del shogunato Tokugawa, iniciando un período de aislamiento internacional que duraría casi tres siglos, hasta la Reforma Meji en 1868. Consciente de los peligros que el comercio europeo podía significar para el absoluto control que ejercía, Hideyoshi restringió severamente todo contacto de los japoneses con los extranjeros y frenó drásticamente la influencia cristiana. Poco antes, sin embargo, al crecer el comercio marítimo, gracias al descubrimiento de una nueva ruta de navegación al Oriente por el cabo de Buena Esperanza, el Shogun negoció de buena gana con los barcos mercantes occidentales, en parte por las posibilidades de riqueza que el intercambio traía, aunque también por curiosidad intelectual y un no menos significativo rechazo del budismo. Pero Japón sigue siendo a veces incomprensible, el 24 de julio de 1587  Hideyoshi amaneció irritado y le participó a los jesuitas que tenían 20 días para irse del país.

     Francisco Xavier, compañero y discípulo de San Ignacio de Loyola, uno de los primeros siete jesuitas en haber hecho votos de pobreza y castidad y co-fundador de la Compañía de Jesús, había llegado al Japón en 1549. Obtuvo autorización del daimyo de Kagoshima, en la isla de Kyushu, al sur del archipiélago, para construir una misión católica. Cuatro décadas después, al menos 300.000 cristianos practicaban su fe, una comunidad que aumentaba día a día bajo la dirección jesuita, hasta que Hideyoshi decidió acabar con su presencia. En 1597 ordenó ejecutar en Nagasaki, o torturó hasta la muerte, sería la expresión correcta, a 26 cristianos, entre ellos a los sacerdotes que dirigían la comunidad. Comienza la clandestinidad y surgen los Kakure Kirishitan, un término utilizado para referirse a los cristianos ocultos que practicaban escondidos su fe ante la amenaza de muerte. Una verdadera iglesia de catacumbas que existía en cuartos y lugares secretos, todos laicos porque los sacerdotes habian sido asesinados. Los 26 mártires serían beatificados entre 1627 y 1639 y luego canonizados en 1862 por el Papa Pío IX.

     Aquí comienza la historia de Silencio, una de las más importantes novelas japonesas del siglo XX, escrita por Shusaku Endo. El libro comienza cuando en 1635 jesuitas portugueses comentan la noticia: Christovao Ferreira, el Provincial de los Jesuitas en Portugal cometió apostasía, al negar a Cristo después de seis horas de torturas, guindado boca abajo en un pozo lleno de cadáveres y excrementos, mientras era lentamente desangrado. Sus amigos y discípulos no creen la historia y tres de ellos obtienen autorización para viajar al lejano país, localizar a Ferreira y averiguar lo que pasó. Pero la verdadera historia no ocurre sólamente a ese nivel, el libro de Endo puede leerse de varias formas. Una de ellas, por supuesto, es la aventura de tres jóvenes sacerdotes que buscan y encuentran al maestro apóstata y terminan escuchando su versión. Pero otras, quizás más importantes, están referidas al problema de la fe a nivel individual o la dimensión histórica del drama político japonés y hasta a la interpretación del rol de Judas en la vida de Jesús y sus seguidores, en Japón o en Palestina. Silencio no es una novela filosófica, es una joya literaria que comunica la experiencia sensorial de aquellos europeos lanzados a la inclemencia de una sociedad a la cual no podían estar acostumbrados. Y Endo no parece japonés, suena más bien como un americano que intenta hacerse pasar por un escritor japonés pretendiendo conocer la mentalidad de un sacerdote europeo. El juego de perspectivas y puntos de vistas es movedizo y se presta intencionalmente a problematizar la realidad del lector.

     El libro que me vino a la mente al terminar de leer Silencio no fue uno de Kawabata o de cualquier otro escritor japonés, fue uno de la Madre Teresa: Come Be My Light. The Private Writing of the “Saint of Calcutta”. Confiesa la Santa no tanto su vocación de servir a los desahuciados, abandonados en las calles de esa aparentemente horrible ciudad, rescatándolos de la desesperación en los minutos finales de la vida, sino la ausencia total de diálogo con Dios, al menos en lo que le corresponde al Creador. Es la experiencia de Dios como silencio, como noche, como el horror de una soledad infinita:

In the darkness… 

Lord, my God, who am I that You should forsaken me? The child of your love – and now become as the most hated one – the one You have thrown away as unwanted – unloved. I call, I cling, I want – and there is no One to answer – no One on Whom I can cling –no, No One. – Alone. The darkness is so dark – and I am alone.  - Unwanted, forsaken.

     Makoto Fujimura, artista plástico y escritor, contó en un ensayo sobre la obra de Endo – Silence and Beauty -, que lo considera un escritor de Sábado Santo. Si hay un día de la Semana Santa que pudiéramos identificar con su novela, explica Fumijura, no es el dolor o la tragedia del Viernes Santo, ni la alegría del Domingo de Resurrección, sino el Sábado Santo, cuando las iglesias permanecen cerradas. La misión de los jesuitas encargada de averiguar qué le ocurrió al Padre Ferreira fracasa y para colmo el Padre Rodríguez, desde cuya perspectiva se cuenta la historia (buena parte  de la novela son cartas de Rodríguez a su superior en Lisboa), comete apostasía. Nos acostumbramos a pensar en la supuesta alegría del místico, en la firmeza del creyente sin dudas que cruza la vida con la absoluta seguridad de su misión. Nada parecido a la vida de los primeros cristianos, bien sean Pedro negando a Cristo tres veces antes del amanecer o los 26 mártires asesinados cerca de Nagasaki a finales del siglo XVI. La fe no conduce a mayor seguridad y así lo entendería el poeta venezolano Armando Rojas Guardia en El dios de la interperie; nos lleva más bien a experimentar la extrema vulnerabilidad de saberse incapaz de mantener un diálogo transparente con la divinidad. Y sólo después de experimentar esa noche oscura que transformó a la Santa de Calcutta y la llevó a reconocer su misma condición en la oscuridad personal de los desahuciados, llega la compasión, el don más preciado al que puede aspirar un cristiano. La grandeza de la Resurrección requiere al Sábado Santo.

     Ferreira y Rodríguez cometen apostasía para detener el sacrificio inútil de los campesinos japoneses, colocados en el trance de una muerte muy dolorosa. Las torturas fueron diseñadas por hombres claros en su visión política, empeñados en lograr que los sacerdotes negaran su fe, pues sólo así detendrían el avance del cristianismo. Los mártires sólo propician la fe. Nada tan firme como la conciencia de una persona que muere por una idea, incapaz de dudar. Más humano, más real en el trato cotidiano del creyente es la experiencia de Judas. ¿Quién es más cobarde, Pedro que huye en su cobardía y escucha al gallo cantar después de haber negado tres veces a su Maestro o Judas que abiertamente confronta y besa a Jesús en el cachete? ¿Pablo arremetiendo y asesinando cristianos antes de su conversión o Judas que condena a Jesús al identificarlo, inaugurando el proceso que lo conducirá a su muerte? La historia del cristianismo identifica en sus inicios a la duda y la traición, no el temple acerado de impolutos héroes religiosos.

     Hay dos tipos de personas, comenta el campesino que delata al cura Rodríguez, de quién supuestamente es amigo. La primera categoría es la del hombre fuerte, la del martir que fallece en la hoguera de manera voluntaria, sin conocer la derrota personal. La segunda categoría define al débil, propia de la gente común incapaz de cometer grandes sacrificios y que sólo observan con admiración, pero a veces también con desprecio, la actitud del mártir, del individuo implacable consigo mismo en su determinación a enfrentar el fin. El superhombre, hecho de una madera que no parece de este mundo, muere y se santifica; el cobarde pisa la imagen de Jesús o de la Virgen, colocada en el piso para dar testimonio de su apostasía. Una vía destruye la vida, la otra ruta anula la conciencia. Ambas crean una tierra de nadie. El Shogun negocia con los sacerdotes: si quieren que deje de torturar a los campesinos cristianos, tendrán que negar su fe. Los sacerdote apóstatas optan por la compasión, prefieren el amor al prójimo antes que la seguridad de una fe y de una muerte fácil de llevar. La novela de Endo es un libro sobre el dolor. Cristo, afirma el Padre Ferreira, justificando su apostasía, hubiera negado su condición de Redentor para aliviar el sufrimiento de campesinos inocentes, sacrificados en el altar de la geopolítica.

     El shogunato Tokugawa consiguió lo que docenas de asesinatos político-religiosos no pudieron lograr. En un país donde el sepukku, la muerte auto-infligida, era frecuentemente considerada como la salida honrosa ante una situación comprometida, los mártires provocaban respeto. Los Samurai crearon entonces los fumi-e - un concepto lingüístico tomado de los kanji fumi (pisar) y e (pintura) -, hermosas imágenes elaboradas sobre bronce o madera que los cristianos debían pisar en señal de apostasía y que hoy se pueden conseguir en algunos museos del mundo. Al caminar sobre ellas, no era ya necesario pasar otra prueba, ni sufrir refinadas torturas diseñadas para poner a pensar a cualquiera sobre las conveniencias de seguir proclamándose cristiano. Cientos de miles de personas las pisotearon, sepultando su religión en el subsuelo de la memoria. La humillación era superior a la tortura. Y si además obligaban a los curas a pisar los fumi-e y renegar de su fe, nadie los seguiría. Crearon una zona de oscuridad, de sombra dirían los junguianos, incapaz de ser incorporada a la realidad psíquica de individuos y comunidades. Endo indaga esa relación entre traición y gracia al identificar una zona donde el hombre puede tocar, palpar finalmente la posibilidad de un encuentro con Dios. Y ese es justamente el sitio de la destrucción, de las situaciones límites contempladas por Jaspers, la del Sábado Santo o el campo de concentración de Auschwitz. Fujimura define al locus como un “Ground Zero reality”, el mismo espacio vislumbrado por Olivier Messiaen en Quatuor pour la fin du temps y en el War Requiem de Britten, el lugar de las cicatrices cósmicas que perduran en el tiempo, creando estigmas y obligando a la reconstrucción de la identidad colectiva: Hiroshima, las Torres Gemelas, la pobreza extrema, Aleppo o la tragedia griega. La decisión de Hideyoshi transformó a muchos creyentes en Kakure Kirishitan o cristianos ocultos que tendrían que esperar 250 años para practicar de nuevo su fe en público, sin peligro de muerte o represalias. Este es el punto donde la novela Silencio deja de ser una obra clave en la tradición literaria japonesa para transformarse en un libro que se impone al lector, independientemente de su ubicación geográfica, comprometiéndolo a un franco examen personal sobre su relación con Dios. Y franca, dirían los diplomáticos, es una conversación entre adversarios e interlocutores, dura, pero honesta y sin descalificaciones o mentiras.

 

Ricardo Bello

Compártelo en tus redes sociales: