St. Elizabeth no era en 1987 ni la sombra de lo que fue. El mismo movimiento pisquiátrico enfocado en llevar pacientes a sus casas, a fin de que permanecieran bajo la atención de un entorno más familiar, había reducido considerablemente el tamaño del Hospital, hasta llevarlo a su desaparición. Las oficinas fueron ocupadas posteriormente por un organismo encargado de velar contra ataques terroristas, el Department of Homeland Security. Desde su fundación a finales del siglo XIX la base clientelar de la institución, si pudiéramos llamarla de esa manera, estuvo formada por pacientes militares con enfermedades del tipo Post Traumatic Stress Disorder (PTSD), cuyos síntomas acosan a buena parte de los efectivos que regresan de rotaciones en Afghanistan o Irak.  Uno de sus primeros pacientes fue Charles J. Guiteau, el asesino del Presidente James A. Garfield en 1881. El Hospital contó en su apogeo con 10.000 camas y cuando ingresó Pound contaba con apenas 300. Los electroshock y otras terapias realmente punitivas eran comunes. Era un lugar difícil para facilitar la concentración de un escritor, con gritos de docenas de personas enloquecidas, resonando en los pasillos al lado de su cuarto. Un verdadero infierno, en comparación al cual palidece cualquier suplicio imaginado por Dante. Razón tenía el médico y poeta William Carlos Williams al escribirle al Presidente Truman en 1946 solicitando el perdón para su amigo; y la de ellos era una amistad difícil, se pelearon muchas veces, por escrito incluso, dejando huella de una tensión que rayaba en enemistad abierta. No intento perdonar sus pecados como propagandista, le dijo, pero Pound es un poeta distinguido y no merece ser recluido como un criminal violento en un manicomio.

 El escritor Daniel Swift visitó St. Elizabeth décadas después del encarcelamiento del poeta, o de haber sido dado de alta, psiquiátrica, políticamente o ambas. Caminó por los pasillos sucios, las ventanas tapiadas, la habitación misma de Pound y hasta fue a la Biblioteca y manoseó el ejemplar de la edición de 1949 de sus Selected Poems, editada por New Directions, debidamente autografiado por el escritor y donado a la Biblioteca del Hospital. La idea era contraponer la imagen que él se había construido del poeta, leyendo sus libros con la que podía surgir recorriendo los espacios que Pound habitó por la fuerza durante tantos años. ¿Cuál es la diferencia entre biografía y autobiografía? Swift y tantos otros, A. David Moody, Eustace Mullins o Noel Stock, han escrito sobre el personaje, tratando de descifrar quién era realmente el autor de los Cantos. Pero una cosa muy distinta es dejar al poeta que hable por sí mismo y diga o intente explicar quién cree que es él. El hospital psiquiátrico tiene el poder como ninguna otra institución de arrancarle a cualquier persona autoridad sobre su identidad, anulando cualquier vestigio de poder que un paciente crea tener sobre su historia, recuerdos, anhelos o sus mismas fantasías, el lugar más secreto de cualquier ser humano, que a veces ni las parejas se confiesan entre sí.

 Quién haya visitado un hospital psiquiátrico, como visita, paciente o profesional de la salud, conoce de primera mano lo que significa vivir bajo el imperio de la más severa ley, una mezcla de psicoanálisis lacaniano y los delirios de Reinhard Reydrich, SS-Obergruppenführer, General der Polizei y jefe de la Oficinal Central de Seguridad del Reich, que agrupaba  la Gestapo, la KriPo y al SD, uno de los cinco hombres con más poder en el III Reich. No exagero. La música de fondo, por supuesto, puede variar los domingos, en las reglamentarias horas de visita, entre el equivalente de Juan Gabriel y el House o el Chill Out. Nada que recuerde el choque de trenes que mentalmente experimenta en silencio cada paciente apenas abre los ojos y se topa con sus vecinos en el comedor. El solo hecho de que en esas condiciones Ezra Weston Loomis Pound haya finalizado, corregido y editado The Pisan Cantos, libro que ganó el Bollingen Prize para poesía en 1948, da testimonio del poder de su inteligencia y capacidad creativa.

¿Quién es el dueño de su propia vida en un hospital psiquiátrico, quién ejerce el dominio sobre voluntades y sueños? Pound intentó recuperar su autonomía psíquica, el locus de su actividad intelectual, el territorio donde su testimonio ante el mundo se transformaba en verso. Frente a él, como testigos inmediatos: tribunales y médicos. St. Elizabeth se inspiró en los trabajos del médico francés Philippe Pinel, pionero del tratamiento moral para pacientes psiquiátricos iniciado en el siglo XVIII. La terapia ocupacional es la base del tratamiento de los locos, des foux, des insensés, the insane, los que no están bien. Pound no participaba del trabajo manual o agrícola recomendado por los médicos, pero se le podía escuchar tecleando la máquina de escribir. La pregunta era legítima, ¿estaba el poeta fuera de sus cabales? En diciembre de 1945, escribe Daniel Swift, cuatro médicos declararon ante la Corte que Pound sufría de una paranoia que le hacia imposible recibir tratamiento adecuado. Y ese estado, de acuerdo a la definición de Overholser en su Handbook of Psychiatry (1947), es la condicion de quien se cree perseguido por organizaciones y personas, que trabajan de manera conjunta en la implementación de planes contra él. Las teorías de persecución pueden llegar a ser bien elaboradas, sistematizadas incluso, aunque de una naturaleza bizarra al punto que una persona cuerda no lograría entender. Todos los venezolanos, de acuerdo a esta definición, somos paranoicos, al menos desde un estricto punto de vista psiquiátrico,. El hecho de que seas paranoico no implica que no tengas enemigos. Ronald Laing cuenta en sus memorias que al hacer su residencia en psiquiatría, le preguntó a su profesor, un médico famoso, cómo hacía él para darse cuenta de la locura de un paciente. Muy sencillo, contestó, si no lo entiendo, está loco. Pero si estuvieramos aquí a Inmanuel Kant recluido y hablando de filosofía, le respondió Laing, seguramente no lo entendieras. Es lo más probable, contestó.

El Dr. Bernard Cuvan preparó en 1952 un informe que catalogaba la personalidad de Ezra Pound como la de un narcisista, código 51.3 en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DMS) de ese año. Pound tiene un grave desorden de la personalidad, escribió. La condensación, después de todo, aún cuando sea un ideal poético  (Dichten = condensare escribió Pound en ABC of Reading), es también uno de los síntomas de la esquizofrenia, cuando emociones y sentimientos se funden en una expresión desconectada de la realidad inmediata del paciente. La pregunta seguía siendo justa, apropiada, ¿estaba Pound loco? El Fiscal General de los Estados Unidos se preguntaba lo mismo: ¿cómo es posible que alguien no esté mentalmente capacitado para enfrentar cargo de traición en un tribunal y al mismo tiempo pase todo el día traduciendo del chino, escribiendo poesía y ganándose los mejores premios literarios.

Il miglior fabbro parecía controlar su entorno, recibía visitas de los mejores poetas y escritores, amigos personales casi todos, desde T.S. Eliot, pasando por Robert Lowell, Elizabeth Bishop, Charles Olson, A. Alvarez y tantos otros. Con los que no discutía poesía, jugaba tenis. Al meterse Lowell en problemas con la justicia y terminar por su cuenta en una clínica psiquiátrica, Pound le escribió, si quieres te consigo cupo aquí, estarás mejor, no practican electroshocks. ¿Cómo podemos nosotros juzgar a Pound desde una cómoda distancia de siete décadas? Difícil, contraproducente incluso, reducir toda angustia existencial a un problema psiquiátrico. Una de las grandes tragedias de la vida contemporánea, escribió Arthur Miller, es haber llevado la confrontación entre destino y libre albedrío, conciencia y ética, al terreno de la psiquiatría. Si todo es producto de la miseria de nuestro inconsciente, nada queda ya por hacer y la acción heroica es imposible. Es una buena excusa para neutralizar el deber de cada quien, para silenciar la responsabilidad personal. El deber mayor de un escritor, pensaba Pound, entre consultas a su médico, seguía siendo la de escribir. La de nosotros, ser honestos y luchar contra la neurosis inducida desde el gobierno. Sólo los paranoicos sobreviven.

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