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Ricardo Bello
Autor

Ricardo Bello (Caracas, 1953) agricultor de oficio y 3era generación de una familia de citricultores, es profesor universitario , dirigente gremial y autor, entre otros, de los libros África y la Teoría, Arte y miedo y Yo, el secuestrable, donde recuerda algunas incidencias en el tema de seguridad en Venezuela.

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El año
del dragón

Es un libro, ciertamente. Pero, no menos, un gesto; el gesto de escribir, el cual, como recordaba Martin Amis en una conferencia, implica un aspecto físico no pocas veces relegado a la hora de estudiar la obra de un autor. El autor se deconstruye y habla con distintos registros; habla Ricardo Bello, pero también hablan otros personajes que pueden o no ser el mismo autor.
Alejandro Oliveros


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El miedo no siempre es malo, permite percibir crudamente a la maldad, la terrible depravación moral que implica asesinar a un cura o a niños indefensos, pero también paraliza, inhibe la acción y corroe toda iniciativa, sobre todo la económica. El miedo no es político; al contrario: sus fuentes y metas son apolíticas, incitan a la indiferencia, al comportamiento paranoico, devasta la inteligencia y logra que una persona baje la cabeza al enfrentar oposición. Pero el miedo se planifica, se ejecuta con la misma acuciosidad de quien cursa una maestría en el CENDES y estudia la planificación estratégica.

-Ouroboro, El año del Dragón, por Ricardo Bello.

Los griegos descubrieron que la democracia tenía dobles, impostores que se presentaban como sus defensores, cuando en realidad la violaban, asesinos en serie, crueles y metódicos. El temor por el abuso les hizo condicionar su ejercicio de una forma que aún hoy, dos mil quinientos años más tarde, retumba en los oídos.  Paul Woodruff, un académico de la Universidad de Texas, se dedicó a explorar el tema y publicó sus conclusiones: La primera democracia. El desafío de una idea antigua (First Democracy, Oxford U.P.). Los dobles pueden ser de distinto tipo. El primero es el voto. Votar no hace una democracia, sino la idea de que los ciudadanos comunes tienen la sabiduría necesaria para opinar sobre los asuntos del Estado y decidir al respecto. Segundo doble: la clave está en obtener libertad sobre la tiranía, de cualquier aspecto, inclusive la del voto de las mayorías e impedir la exclusión de cierto tipo de ciudadanos del manejo del gobierno. Tercer doble: los representantes elegidos. La manipulación es fácil, sobre todo cuando se tiene dinero. Por eso elegían por lotería. Atenas dividió su geografía en zonas y tribus y en cada una sorteaban quién iba a ingresar a los comités que decidían la agenda de las asambleas donde se deliberaban asuntos públicos. Todo ciudadano griego, en algún momento de su vida, tuvo esa responsabilidad.

En su afán por profundizar aquella extraordinaria experiencia política, los griegos detectaron algunos aspectos necesarios para la práctica democrática. Lo más importante fue una idea: el tirano. Reconocerlo e impedir que destruya una sociedad al dividirla, fue un legado cultural tan o más significativo que las tragedias o las esculturas de Praxíteles. Un hombre o un grupo no puede permanecer por mucho tiempo al frente del Gobierno y menos cuando no está sujeto a las leyes y por una sencilla razón, la misma que nos enseñaron las Escrituras: la carne es débil y si alguien puede robar sin consecuencias, lo hará. Luego estaba la armonía, la necesidad de impedir el uso del miedo como instrumento de control. Después venía el imperio de la Ley, pero no la Ley, sino el principio de que nadie está por encima de ella, ni siquiera los gobernantes. La igualdad también era considerada, no tan solo aquella entre ricos y pobres, sino el derecho de todos para velar por el buen desempeño del Estado. Tres aspectos más: sabiduría ciudadana, educación y la capacidad para razonar, que pudiéramos resumir de la siguiente manera: habilidad para tomar buenas decisiones sin conocer el futuro.

Muchos venezolanos cayeron hipnotizados por el canto de sirenas de Chávez, cuando la honradez y la superación de la pobreza parecían ser puntos esenciales de su agenda de gobierno. Ya todos sabemos que los militares no sirven para gobernar. Si acaso, y en el mejor de los casos, para la guerra y aquí sólo hay civiles desarmados, víctimas de una delincuencia desbordada que se ríe a mandíbula batiente del uniforme. El venezolano común se ha dado cuenta que el socialismo es tan sólo una careta, la máscara para una función del circo y un solo guión: asaltar impunemente las arcas públicas. Este socialismo tiene dos componentes. Uno, el oficial, nos llevaría teóricamente a una sociedad más justa y equilibrada. Dos, el oculto, montado arriba de una ola de resentimiento que nos ha conducido a una guerra civil, donde uno de los bandos carece de armas y pone los muertos; a una emigración  masiva de los jóvenes más capacitados y a la destrucción de la infraestructura económica, única capaz de ofrecerle soluciones al drama de la pobreza. El discurso del chavismo aplaude el enfrentamiento e incita cobardemente al aniquilamiento de los que se atrevan a contradecir su ambición de poder. Tenían vocación de revolucionarios y descubrieron que tenían agallas de carceleros.

Han pasado muchos años desde 1998, una generación completa ha pagado las consecuencias. Mis hijos se casaron y tuvieron a su vez hijos que pronto alcanzarán su mayoría de edad. El Gobierno cerró emisoras de radio y televisión, impide la compra de papel a los periódicos y bloquea páginas web por una sencilla razón: no le interesa que se sepa la verdad. Periodistas del mundo entero han sufrido en carne propia lo que millones de venezolanos llevan años padeciendo: la arremetida brutal de la fuerza pública contra la sociedad civil. Ya nadie se salva. Ahora nos damos cuenta del valor demostrado por tantos héroes anónimos que años atrás denunciaron los excesos del gobierno y que a pesar de las represalias, insistieron en su denuncia, impulsados por un sentido del deber y el respeto a la patria que heredaron de sus padres. Hoy mueren en las calles, sin otra opción política. El Gobierno asesinó el concepto de democracia.

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