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Ricardo Bello
Autor

Ricardo Bello (Caracas, 1953) agricultor de oficio y 3era generación de una familia de citricultores, es profesor universitario , dirigente gremial y autor, entre otros, de los libros África y la Teoría, Arte y miedo y Yo, el secuestrable, donde recuerda algunas incidencias en el tema de seguridad en Venezuela.

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El año
del dragón

Es un libro, ciertamente. Pero, no menos, un gesto; el gesto de escribir, el cual, como recordaba Martin Amis en una conferencia, implica un aspecto físico no pocas veces relegado a la hora de estudiar la obra de un autor. El autor se deconstruye y habla con distintos registros; habla Ricardo Bello, pero también hablan otros personajes que pueden o no ser el mismo autor.
Alejandro Oliveros


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El miedo no siempre es malo, permite percibir crudamente a la maldad, la terrible depravación moral que implica asesinar a un cura o a niños indefensos, pero también paraliza, inhibe la acción y corroe toda iniciativa, sobre todo la económica. El miedo no es político; al contrario: sus fuentes y metas son apolíticas, incitan a la indiferencia, al comportamiento paranoico, devasta la inteligencia y logra que una persona baje la cabeza al enfrentar oposición. Pero el miedo se planifica, se ejecuta con la misma acuciosidad de quien cursa una maestría en el CENDES y estudia la planificación estratégica.

-Ouroboro, El año del Dragón, por Ricardo Bello.

George Prochnik habla de alien death-forms, no de alien forms, extraterrestres o ajenas a este mundo, sino de formas de muerte totalmente diferentes a lo que experimentamos en la cotidianidad. En política son los asesinos y francotiradores que acaban con nosotros, desenfunda en su mundo oficial, ubicado en una esquiva franja de lo real que somos incapaces de frecuentar. Son formas políticas opuestas al desarrollo de la conciencia, en lucha contra ella, con un único y claro objetivo: la muerte. Hay tres cosas que llegan sin que las esperemos, decía un talmudista del siglo III: el Mesías, un buen libro y un escorpión. Si nos pica y nos descuidamos, podemos morir. Nadie los espera, pero pueden aparecer. Irrumpen sin dar explicación o aviso, destruyen nuestra organización psíquica, nuestra imagen de la realidad, la teoría que hemos ido construyendo durante años, con o sin neurosis. Nos muestran un lado desconocido de nosotros mismos; es un espejo diferente que distorsiona nuestra identidad, haciéndola trizas o mejorándola, reorganizando nuestros contornos, reagrupando los componentes que hacen posible la continuidad de nuestra historia personal.

Hace unos años fui a La Dolorita a visitar unos amigos que habían tenido su primer hijo. Vivían en un cerro más allá de Petare, una gente muy humilde. Del lado de atrás de la casa, construida con bloques, era más rancho que otra cosa, había un barranco gigantesco lleno de basura, donde los vecinos tenían años botando sus desperdicios: latas, muebles viejos, comida, con una población de ratas que desconcierta todo cálculo. La pareja tenía un bebé de tres o cuatro meses y me pidieron que los ayudara a voltear el colchón de la cuna. La mamá cogió a su bebé, un ser diminuto, inocente y hermoso y agarré el colchón. Al voltearlo descubrimos un criadero de escorpiones muy pequeños, han debido ser como treinta o más animalitos, que crecían bajo la sombra de la cuna, ninguno había trepado hasta dónde estaba el bebé. Tiraron el colchón al botadero y se integró a la descomunal colección de desperdicio que crecía día a día, sepultando el universo conocido.

Pecamos no por habernos alimentado del Arbol del conocimiento, siguiendo las instrucciones de la serpiente, sino por haber evitado el Arbol de la vida. Esas formas de vida amenazantes o alien death-forms, son las manzanas de un Arbol que se hace pasar por lo que no es. Abre un abismo ante nosotros y no somos capaces ni de aventurarnos en él, ni de pensar en alternativa alguna. Hay que imaginar en lo impensable, ¿cómo explicar esta situación y llegar a un diagnóstico acertado de la situación. La política funciona así, la vida también. Hemos llegado a un punto donde lo que ocurre no puede ser explicado a partir de coordenadas conocidas. Vladimir Putin, Raúl Castro y los militares venezolanos internacionalizaron el conflicto venezolano, ya no es una correlación de fuerzas internas que pugnan por el control. El camino a la realidad no está empedrado con hormonas y emoción.

Ocurren cosas que destruyen el equilibrio que nos deja transitar por el mundo sin mayor sobresalto. Es la irrupción de lo real en el imaginario, según Lacan. Pero Dios es el escándalo mayor, lo que no podemos explicar; como diría el rabino David J. Wolpe, la imagen divina es aquella parte de nosotros mismos que escapa al enfoque de nuestra inteligencia, que elude toda definición. Surge cuando nos damos cuenta que podemos ser sorprendidos de buena fe y nos atrevemos a dar testimonio de una presencia que no somos capaces de ver: Spirituality is a constant striving to keep in mind the truth that the intangible is ultimate, that the moral world spins on the axis of what we cannot see.

Dios no es, como sostiene un amigo escritor valenciano, de barba y verso fino, cuyo nombre no aparecerá en esta página, una alucinación en el desierto, fruto de días o años de insolación. Dios es una nostalgia, una añoranza que no podemos demostrar. Es darnos cuenta que hay algo más grande que nosotros, una esperanza del bien, un llamado a la santidad. El desierto puede ser un lugar adecuado para meditar, pero no por los excesos de sol, sino al ser una metáfora de nuestra incapacidad para comprender esa presencia real y auténtica, como diría George Steiner. No me interesa el Dios de los filósofos, escribió Pascal, así como el poeta medieval Yehuda Halevy antes que él, sino el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Rezo porque tengo una necesidad, pero la plegaria no es un intercambio, la reducción de toda religión a una negociación, como lo entendió Michelle Ascencio. Me inclino ante el altar porque tengo necesidad de orar, de conversar, de ser escuchado y oir. No es la voz de un huracán, ni el furor de vientos desatados o del fuego que arrasa y consume, es apenas el susurro de una brisa muy suave, imperceptible casi.

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