Lo que más me impactó del documental Vers où Israël? (2013), dirigido por Camille Clavel, fue la entrevista a Shlomo Sand, un historiador israelí de origen polaco, que llegó a Jaffa en 1948. Sand, hijo de una pareja de comunistas, sobrevivientes también del holocausto judío en Polonia, pasó sus dos primeros años en un campo para desplazados cerca de Munich. Sirvió en el Ejército Israelita a partir de 1965, primero en el Kibbutz Yad Hana, de tendencia izquierdista y durante la Guerra de los seis días peleó al este de Jerusalén, en la zona de Abut Tor, donde ocurrieron algunos de los más duros enfrentamientos. La defensa que Sand hace del Nakba palestino tiene características especiales. Argumenta que el Estado judío, fundado en la memoria histórica del pueblo hebreo, debería respetar el derecho de los palestinos a respetar su propia memoria, así como a recordar el éxodo forzado de los 700.000 refugiados que perdieron sus propiedades a raíz de la Guerra de Independencia en 1948. Nakba, un término árabe que significa desastre o catástrofe, se conmemora el 15 de mayo de cada año, justamente el día que los israelíes celebran la independencia de su nación. Israel prohibió expresamente el uso de esa palabra en cualquier dependencia gubernamental o institución que reciba apoyo o financiamiento del Estado. Los argumentos de Sand son poderosos, tanto como su crítica a los asentamientos judíos en la Franja Occidental construidos bajo la dudosa hipótesis que dichas tierras fueran compradas por Abraham y otros patriarcas hace 3.000 años. Si ese fuera el caso, Israel tendría que devolver las tierras que no fueran compradas en 1948. Sus palabras son lo mejor del documental, que muestra algunas manifestaciones y conversaciones con palestinos y estudiantes, todas interesantes pero sin llegar a deslumbrar. La entrevista a Shlomo Sand es otra cosa, al punto que me vi forzado a empezar a leer sus libros. Y empecé con La invención del pueblo judío y ya tengo Las palabras y la tierra: los intelectuales en Israel en cola. El primero tiene la mejor introducción que he leído en muchos años, apasionada y lúcida, convincente. Dedicado a la memoria de los refugiados que llegaron a Israel y a los que tuvieron que salir, arranca con una reflexión en torno al concepto de nación que funciona incluso como un buen análisis de la política venezolana, justamente cuando la minoría chavista quiere rediseñar la Constitución para beneficio propio, bañando en sangre y silencio la inmensa mayoría que los rechaza; más bien debería decir que los desprecia.

Durante la IV República, entre 1959 y 1998, teníamos opositores, gente que no compartía la ideología comunista, socialdemócrata o los valores de la democracia cristiana. Hoy no sólo rechazamos la praxis política de los herederos de HCF, despreciamos a los dirigentes chavistas. No hay palabra que pudiera minimizar este sentimiento nacional generalizado. Y aún así, continúa el saqueo y despojo de los bienes materiales e intangibles de la patria en nombre de una nación que no existe como tal. Ya lo dijo Briceño Guerrero en 1983, durante el Homenaje al Libertador realizado en el Palacio de las Academias en ocasión del Bicentenario de su nacimiento: “Yo no he estudiado en vano, yo no he vivido en vano, yo no he tratado de comprender a mi país en vano. Yo sé que Simón Bolívar no es el Padre de la Patria. Yo sé también que Venezuela no es una patria.”

Una nación, pensaba Karl Deutsch, citado por Sand, es un grupo de personas unidas por un error común en relación a sus ancestros. Los sacerdotes oficiales de la memoria colectiva son los escritores sancionados por el Estado. José Manuel Briceño era uno de ellos, en permanente tensión con el oficialismo, aunque bendecido por él. Tendríamos que regresar a sus páginas con lucidez, yendo más allá de la lectura que en su contra fue diseñada por ciertos radicales demócratas, vecinos suyos en Mérida, en buena parte envidiosos de su inteligencia. Si Venezuela no es heredera de Simón Bolívar, ¿de quién lo es? Probablemente, con raras excepciones, Rómulo Betancourt entre ellos, de las montoneras indisciplinadas del siglo XIX y el abigeato practicado por los similares de Maisanta, precursores de los paramilitares bautizados con el eufemismo de Colectivos.

Nosotros contra ellos, así comenzará el capítulo de la actual Historia venezolana escrita dentro de cincuenta años. Griegos contra persas, romanos contra germanos, el Imperio Bizantino contra los musulmanes, Vercingetorix y galos contra los romanos. Cada quién selecciona sus antepasados y construye su identidad a partir de una memoria inventada o reconstituida. Himmler buscó afanosamente el manuscrito original de Tácito - De origine et situ Germanorum – para justificar la ideología nazi y envió infructuosamente un Destacamento de las SS a Italia para rescatar el pergamino. Una historia increíble, narrada por Christopher Krebs en A Most Dangerous Book: Tacitus's Germania from the Roman Empire to the Third Reich. Pero no hay pueblo más eficiente que el judío para valorar su pasado y la misma Torah debe ser leída de dos maneras: en primer lugar, escuchando la voz de Dios hablándole a su creación, una verdadera historia de salvación; y en segundo lugar, como la crónica de la formación de la identidad política hebrea por YHWH. La primera explicación es teológica, la segunda política. La Torah, tanto como los Profetas (Neb´im) anteriores y posteriores, así como los demás Escritos (Ketubim), desde los Salmos hasta las Lamentaciones, mejor conocidos por el cristianismo como libros poéticos y sapienciales, registran una continuidad histórica en la fe. Es el reconocimiento de antepasados comunes en el marco espacio-temporal creado por Dios durante el Génesis. La historia de los orígenes es también la configuración de una comunidad y el recuerdo de su continuidad en tiempo. El concepto de nación, entre nosotros los venezolanos, es más problemático y se acerca al terreno de la ciencia ficción, más que a la teología o la reflexión política.

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