Un verdadero matrimonio vive siempre en período de prueba. Igual debería ocurrir en política. El Gobierno está sometido a un referendum diario, a un plebiscito permanente, así no se de cuenta  o no lo quiera reconocer, borrachos como están sus funcionarios de tanto narcisismo. La existencia individual, en cambio, es una afirmación de vida que no conoce fin, pero los gobiernos tienen comienzo y sobre todo final, generalmente antes de lo previsto. La nación, escribió Benedict Anderson, es una comunidad política imaginada. No hay forma de que sus miembros se conozcan todos personalmente. Es un proyecto cultural que tiene sus raíces en los sueños de gente capaz de imaginar su propia soberanía y un futuro diferente. Las raíces de todo proyecto histórico exitoso siempre han sido formas intangibles e invisibles, son los sueños de la juventud. No hay manera que un Gobierno pueda controlarlos, reducirlos o arrinconarlos. No se puede negar la vida, no hay forma de contenerla, como le decía el experto en la teoría del caos al creador de Parque Jurásico en la película de Spielberg. Quizás deberíamos eliminar el caballo blanco del escudo nacional y colocar en su lugar a uno de esos dinosaurios, engendros de la codicia.

El politólogo Ernest Gellener utiliza una definición doble y sencilla, muy práctica, a fin de precisar el término. En primer lugar, dos personas pertenecen a la misma nación cuando comparten una misma cultura y modos de relacionarse. Y en segundo lugar, estas dos personas pertenecerían a la misma nación siempre y cuando sean capaces de reconocerse el uno al otro como pertenecientes a esa misma nación. No existe como tal cuando el Estado descalifica permanentemente a la oposición política, acusándola de traición a la patria, encarcelando a sus voceros más representativos y utilizando la fuerza, sin prejuicio alguno o consideración por sus vidas. No hemos logrado esa unificación cultural que le permita al país nacional expresarse como pueblo soberano. Somos sus integrantes, pero nuestra condición de ciudadanos ha sido negada. Ya no somos los dueños, los propietarios o herederos de la República, pues una élite minoritaria, apoyada en la fuerza pública y los servicios de inteligencia, diseña la forma de relacionar al Estado con una disidencia que incluye las tres cuartas partes de sus habitantes.

La infraestructura de la nación, sus bloques constitutivos son el lenguaje, la educación y la memoria. Estas herramientas dibujan el perfil de nuestro rostro republicano y sus artesanos son los estudiantes en la calle, que recrean con su lenguaje de sacrificio y valentía la más auténtica expresión de nuestra voluntad política. Los acompaño con la más profunda arrechera que haya podido sentir a lo largo de estas dos largas décadas de abuso chavista. Es una indignación que sabotea cualquier propósito de equilibrio. No hay otra manera de reaccionar ante los abusos de la GN: la forma como asesinan, secuestran y despojan de sus pertenencias a jóvenes estudiantes no tiene perdón. Muchachos cuyo único delito ha sido no querer vivir en un régimen de hamponato generalizado, donde las figuras más representativas del Gobierno han sido acusadas internacionalmente de crímenes de lesa humanidad, narcotráfico y blanqueo de capitales. Demasiados crímenes en muy  poco tiempo. Razón tiene algunos sacerdotes cuando denuncian la presencia de huestes del demonio en Miraflores. No hay otra explicación. Gabriele Amorth, el más famoso de los exorcistas del Vaticano, no se hubiera dado abasto.

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