Al Profesor Rafael Tomás Caldera le escuchamos unas palabras, pronunciadas hace por lo menos treinta años en una de sus clases en la Maestría en Filosofía de la USB, que permanecieron como una invitación a la vida de pensamiento. Y son palabras que regresan ahora, en una redacción hermosa y cristalina, en un libro suyo publicado por la Universidad Monteávila en Caracas donde se recogen dos opúsculos aparecidos previamente en los Cuadernos Filosóficos de la Universidad de Navarra: Misterio de lo real / Vocación al amor. La experiencia, escribe RTC, la percepción de algo real, el darnos cuenta de estar en el mundo, más que un gesto de afirmación de la individualidad, es un don. No es una condición impuesta por nosotros, no obedece a una intención fundamental de construirle un sentido a esa experiencia (una operación posterior), sino más bien el reconocimiento de un regalo, algo recibido, irreductible a lo que somos, ajeno a nuestra voluntad. Y ante esa situación tres posibilidades, tres alternativas que podemos resumir “con tres palabras, clásicas en el pensamiento occidental: diversión (divertissement), rebeldía (révolte), piedad (piété).” Utilicé muchas veces esta manera que tiene RTC de captar la problemática que se presenta al darnos cuenta de la gratuidad de la vida, tanto como al intentar comprender esa dimensión no merecida de la conciencia que percibe de golpe a lo real. Lo repito siempre al comenzar el año en mis clases en el Seminario Interdiocesano Nuestra Señora del Socorro en Valencia, donde fui invitado a dar clases por nuestro Obispo Monseñor Reinaldo del Prette, por mostrar claramente las opciones que se abren a cualquier venezolano y a los seminaristas en particular, cuando abren los ojos a esas realidades primeras.

La mayoría de los venezolanos, o deberíamos decir a la humanidad, argumentarían a tal efecto los discípulos del armenio Gurdjieff, algunos de los cuales trabajaron también con disciplina y talento en la USB, optan por una vida de sueño, ocultando o sepultando la posibilidad de tomar conciencia del don de la vida. La pregunta final que se hacen el fin de semana muchos venezolanos, o que se hacían antes del apocalipsis social que se empeña en desatar el PSUV, era algo así como qué marca de cerveza vamos a tomar o con cuál chica nos vamos de rumba. Una vida absolutamente sin consecuencias, una opción que desecha la conciencia, anulando el horizonte de conocimiento que puede abrirse al intentar darle un sentido a la experiencia cotidiana. La segunda opción es la de rechazar precisamente esa oportunidad de libertad absoluta creada por el reconocimiento del don; y no sólo por el rechazo al mal que podamos descubrir en el mundo, sino como protesta al darnos cuenta que quizás no contralamos realmente nuestras vidas. Tal actitud conduce fácilmente a todos los errores posibles y la vemos ejemplificados en el rechazo violento de todo espacio de opinión política negada a la obediencia al proceso revolucionario. No hay manera más eficaz de llevarle concienzudamente la contraria a ese regalo o don que negando la libertad de quienes lo aceptan con humildad. Tal opción conduce necesariamente al autoritarismo y a la violencia, como lo narró Dostoievski en Los endemoniados. La tercera vía, que intentaba consolidar cuando hablaba con los seminaristas en el Municipio San Diego del Estado Carabobo, a título personal tanto como reforzando la de mis alumnos, encuentra su mayor expresión en el Fiat de María, ese momento único en la historia que recordamos durante el Angelus. Es la devoción, el reconocimiento de un espacio sagrado, un umbral de la conciencia iniciado al intentar la inteligencia crear una comunidad de sentido en la tierra.

Podemos confesar abiertamente esa presencia y atrevernos a vivir sin traicionar su percepción inicial. El libro de Rafael Tomás Caldera recorre las etapas del reconocimiento del misterio del ser y nos invita a acompañarlo en su itinerario. La comunidad humana, escribe, y cualquier encuentro de naturaleza política podríamos añadir, no puede ser solo fruto de un consenso, que pudiera estar fundamentado en el error. Hay comunidad gracias a esa posibilidad inicial de vivir en la verdad y el amor. Y el mismo acto de pronunciar esta disposición, como lo demuestra su libro, es el punto de inicio de la filosofía.

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