Corremos el riesgo de etiquetar como traidor a cualquier persona que negocie la salida del chavismo y sin embargo, alguien debe hacerlo. El radicalismo “todo o nada” ha inundado de sangre al mundo y a demasiados hogares venezolanos. Es una actitud que debe ser excluida por innecesaria, y no sólo políticamente al no conducir a nada, sino por ser una receta segura al desastre. La paz social se construye pisando tierra y reconociendo al otro. La ecuación es válida para ambos lados. Yitzhak Rabin, Primer Ministro de Israel, fue asesinado en 1995 por un judío fundamentalista al intentar negociar una paz duradera entre israelíes y palestinos. Vale la pena recordar qué pasó. Especialmente ahora, que se están cumpliendo cincuenta años de la Guerra de los Seis Días, cuando Israel derrotó de manera dramática (o traumática) a los Ejércitos de tres países árabes – Egipto, Siria y Jordania -, conquistando una superficie equivalente a tres veces su tamaño, incluyendo el Sinaí, las Alturas del Golán, la Franja Occidental del río Jordán y la Franja de Gaza.

Los territorios capturados transformaron el Medio Oriente, aún más que lo había hecho la misma fundación del Estado de Israel en 1948. Algunos de estos territorios fueron devueltos posteriormente y permitieron la firma de tratados de paz entre algunos de estos países, Egipto primero y luego Jordanía, que renunció por completo al West Bank, como se le llama en lingua franca diplomática. La figura central de este episodio, así recordemos a Moshé Dayan, fue Yitzhak Rabin, a la sazón Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Israelíes, que logró cohesionar un equipo formidable, quizás el mejor Estado Mayor que haya tenido Israel, según el diplomático e historiador Itamar Rabinovich, el cual incluía a militares de la talla de Ezer Weizman, Haim Bar-Lev, Israel Tal y hasta a oficiales heterodoxos en su pensamiento estratégico como lo fue Ariel Sharon. Más allá de las circunstancias históricas que desencadenaron el conflicto, sin la planificación que se llevó a cabo bajo la dirección de Rabin, difícilmente hubiera alcanzado Israel un éxito tan abrumador.

Recordemos a vuelo de pájaro las razones del conflicto, más allá de las visiones anti-sionistas que pudieran distorsionar el relato histórico. Fueron tres los acontecimientos que hicieron mella en el precario equilibrio político de la zona y en primer lugar hay que mencionar la decadencia del nasserismo como liderazgo regional, manifiesta en la ruptura de la unión política entre Siria y Egipto. Luego, el renacimiento del nacionalismo palestino y las primeras acciones militares de Fatah, bajo la dirección de Yasser Arafat. Y finalmente, la radicalización del régimen sirio, después del golpe de Estado de Assad a comienzos de 1966, que llevó al poder a la minoría alawita y que hoy, cincuentas años después, destruye al país con tal de no entregar el gobierno y los recursos del Estado a la mayoría que lo adversa. El último de los tres eventos fue el más importante. Al tomar Israel la decisión de culminar el acueducto que le permitiría utilizar el agua del Mar de Galilea en sistemas de riego al sur del país, Siria decidió enfrentar militarmente el proyecto y Egipto no pudo quedarse atrás. La OLP, aupada por la Cumbre árabe de 1964, tomó cartas en el asunto e intentó un sabotaje, su primera acción terrorista y el comienzo de su carrera política internacional. Cada actor intentaba sobrepasar al otro en su radicalismo. Y para colmo, con una pésima inteligencia militar, los rusos le adviertieron a Egipto que Israel había concentrado en su frontera con Siria al menos once brigadas, en preparación a un eventual y sorpresivo ataque, lo cual no era cierto. Los eventos se precipitaron, Israel atacó primero y el resto es historia.

Nos interesa recordar lo que ocurrió después de la Guerra y que condujo al asesinato de Rabin en 1995 a manos de un judío ultra-ortodoxo, acusándolo de haber entregado Israel a los árabes con la firma del Acuerdo de Paz de Oslo. La conquista de la Franja Occidental del Jordán provocó un ola de entusiasmo mesiánico entre los grupos religiosos, que cambió por completo al sionismo, transformándolo en un movimiento fundamentalista de extrema derecha. El pensamiento político de Rabin evolucionó en dirección contraria, llevándolo a un enfrentamiento con el movimiento de los asentamientos ultra-ortodoxos en la Franja Occidental, que culminó en el trágico atentando de 1995. Rabín consideraba al Gush Emunim, el grupo original y más importantes de los colonos, un cáncer en la fábrica social de Israel y una amenaza a la democracia de su país por su uso y abuso de la violencia. Yigal Amir, su asesino, era un joven estudiante en la Universidad Bar-Ilan, una institución de orientación nacional-religiosa en Tel Aviv, cuando tomó la decisión de matar al Primer Ministro que más cerca estuvo de lograr una paz duradera entre palestinos y judíos. El desencadenante de su crimen fue observar por televisión a Rabin firmar el Acuerdo de paz con Arafat en los jardines de la Casa Blanca en septiembre de 1993. El asesinato provocó un movimiento teutónico en la política israelí y llevó al poder a la derecha y a Benjamín Netanyahu, incluso después de haberse distanciado el futuro Primero Ministro de los círculos políticos cercanos al magnicidio.

La pregunta que debemos hacernos, tomando en cuenta la creciente radicalización venezolana, está relacionada con esa dinámica absurda del fundamentalismo: ¿qué pasará con nosotros? Corremos el mismo riesgo de anatematizar cualquier intento de negociación con el chavismo y de asesinar políticamente a cualquier dirigente de la oposición que hable de diálogo con alguno de los grupos que sostienen a Maduro en el poder. Las hormonas no son suficientes en una coyuntura tan complicada.

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