La última novela del escritor norteamericano Joseph Kanon – Defectors -, pertenece a una larga lista de narraciones ambientadas en el período de la postguerra europea y que suma en su caso ocho extraordinarias ficciones. Está lejanamente inspirada en la vida de verdaderos espías soviéticos que ejercieron su condición en Europa y Estados Unidos, antes de ser descubiertos y lograr escapar sanos y salvos a Moscú. La guerra fría estuvo plagada de incidentes parecidos y fueron relatados por los mismos protagonistas, como las memorias del espía inglés Kim Philby, que contaron con un prólogo del autor de novelas de espionaje Graham Green. Otros, como su compatriota Guy Burgess y los americanos Alfred Sarant y Joe Barr, prefirieron el silencio y huyeron sin dar mayor testimonio. El protagonista de la novela es Frank Weeks, un voluntario norteamericano en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española que fue reclutado por la KGB y regresó a los Estados Unidos con la misión de ingresar a los servicios de inteligencia norteamericanos y espiar para la Madre Patria rusa. Huyó espectacularmente al ser descubierto y vive desde hace años en Moscú con su mujer, con todos los privilegios asignados a un héroe soviético, Dacha incluida. Weeks tiene pretensiones literarias o al menos la ambición del dinero que la publicación traería a su familia y a tal efecto ha invitado a su hermano Simon, Director de una empresa editorial norteamericana, a fin de revisar el manuscrito y acordar los detalles de la edición, con el visto bueno de sus jefes en la KGB que ven el asunto como un acto de propaganda.

Mi primera sensación fue sentir que conocía a título personal esa experiencia de sospecha, guerra de lealtades, mentiras y juego de espejos e identidades fabricadas. Nunca he estado en Rusia, ni he ejercido la condición de espía a favor de un país enemigo (si es que existe, con excepción de Cuba) o me he caído a tiros con nadie, pero sí he estado casado y he transitado el camino de esa guerra fría, al menos lo que implica la experiencia de un divorcio acordado luego de años de sufrimiento, mutuamente planificado. Es lo más cerca que he estado de una conflagración abismal del tamaño de las traiciones políticas narradas por Joseph Kanon y que, con toda la razón del mundo, han inspirado grandes obras literarias, empezando por las del propio Graham Greene y John Le Carre. Sin ir muy lejos deberíamos recordar al Harlem´s Ghost de Norman Mailer, una novela sobre la CIA que también es un fresco de los Estados Unidos y su danza macabra con los países de la órbita soviética en los peores años de la Guerra Fría. Defectors cuenta también con sus relatos de infidelidades conyugales, pero en comparación con la destrucción del equilibrio geopolítico y nuclear que intentan a toda costa provocar los personajes de la novela, resultan insignificantes y futiles, rayando en la mediocridad, como todo acto de deslealtad pretende ser. No hay forma de compararse con la magnitud del Bien y el amor correspondido.

La historia es una zozobra permanente, la destrucción de una identidad política tras otra, un cuento da lugar a otro relato y éste a su vez se transforma y crea otra historia personal que consume a las demás en fuego. No hay manera de saber realmente cuál es la verdadera identidad del protagonista: sólo al final se vislumbra una posible definición, que la realidad militar termina por destruir. La única personalidad firme y estable en el libro es la de un oficial de la KGB encargado de velar por la seguridad de Frank Weeks; no es una persona complicada, satisfecho como está de sus principios ideológicos, atado y circunscrito a ellos. Su presencia es lógica: persiste el miedo de que el americano pueda ser asesinado por el enemigo principal, los Estados Unidos, o transite de nuevo el camino de la traición y regrese a su país natal. Naturalmente, Weeks muere, pero no de manera natural: semejante talento para flotar en el denso mar de ambigüedades que hacen posible la vida de un espía, trae consecuencias. Simon, el hermano que lo visita desde Nueva York, quizás el único ajeno a los vaivenes de la política, se ve envuelto contra su voluntad en una nueva traición que va cobrando vidas. El horror ante la falta absoluta de autenticidad de todos los que lo rodean, lo impulsa finalmente a colaborar en lo que pudiera ser la única decisión honesta de su hermano, así Frank no la catalogue de la misma forma: será la traición de las traiciones, su obra magna. Mientras leía recordé al Príncipe Stavroguin, el personaje de Dostoievski en Los endemoniados, un hombre sin escrúpulos, ambicioso y malvado, como lo pueden ser tantos que para desconcierto nuestro hemos tratado en Venezuela. El chavismo mostró lo peor del venezolano: le dio permiso, autoridad, peso político incluso, a la maldad. Le dio identidad, un rostro, rasgos fisonómicos y timbre de voz. Se necesita mucho talento para estar a la par artísticamente con el horror. Muy pocos lo han logrado, sin perecer en el intento. No tengo manera de explicarlo, pero siempre termino pensando en El rito, la película de Mikael Hafström protagonizada por Anthony Hopkins. Mi esposa piensa distinto, ella dice que son como los aliens de Independence Day: llegaron a Venezuela para consumir y destruir todo y luego se irán, sin pensarlo dos veces. El problema es que son reales.

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