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Ricardo Bello
Autor

Ricardo Bello (Caracas, 1953) agricultor de oficio y 3era generación de una familia de citricultores, es profesor universitario , dirigente gremial y autor, entre otros, de los libros África y la Teoría, Arte y miedo y Yo, el secuestrable, donde recuerda algunas incidencias en el tema de seguridad en Venezuela.

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El año
del dragón

Es un libro, ciertamente. Pero, no menos, un gesto; el gesto de escribir, el cual, como recordaba Martin Amis en una conferencia, implica un aspecto físico no pocas veces relegado a la hora de estudiar la obra de un autor. El autor se deconstruye y habla con distintos registros; habla Ricardo Bello, pero también hablan otros personajes que pueden o no ser el mismo autor.
Alejandro Oliveros


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El miedo no siempre es malo, permite percibir crudamente a la maldad, la terrible depravación moral que implica asesinar a un cura o a niños indefensos, pero también paraliza, inhibe la acción y corroe toda iniciativa, sobre todo la económica. El miedo no es político; al contrario: sus fuentes y metas son apolíticas, incitan a la indiferencia, al comportamiento paranoico, devasta la inteligencia y logra que una persona baje la cabeza al enfrentar oposición. Pero el miedo se planifica, se ejecuta con la misma acuciosidad de quien cursa una maestría en el CENDES y estudia la planificación estratégica.

-Ouroboro, El año del Dragón, por Ricardo Bello.

El fin de semana tenía sus ritos, comenzaba con el café y luego, antes o después del desayuno, estaba la lectura de la prensa dominical, al menos por un par de horas. Bajábamos al kiosko y comprábamos los periódicos de nuestra preferencia. Con toda seguridad encontraríamos analizados sin contemplación alguna a los más importantes temas de nuestra realidad política. Hasta que llegaron los chavistas e intentaron imponer por la fuerza su hegemonía comunicacional, fielmente inspirada en los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, el más importante de los neo-marxistas del siglo XX, encarcelado y asesinado por el régimen fascista de Benito Mussolini. El chavismo se afanó en eliminar toda huella de pensamiento crítico independiente en los medios de comunicación, una agenda que lo llevó a cerrar canales de televisión, emisoras de radio y después hasta asfixiar a los periódicos, restringiéndoles su acceso al papel. Lo intentaron, no lo lograron. En primer lugar porque la falsa conciencia a combatir, como dice la teoría marxista, de Lenín para abajo, sigue estando en una estructura de gobierno que intenta hacerle creer a trabajadores y desempleados que las migajas que caen de las mesas de los enchufados son aceptables y preferibles a un cuestionamiento del orden político establecido. En segundo lugar, porque la estructura misma de la esfera pública, esa dimensión donde la gente se encuentra para discutir y comentar las necesidades de la sociedad y su relación con el Estado, ha cambiado radicalmente. Ya no es preciso, aunque podamos añorarlo, levantarse el domingo temprano a comprar la prensa antes de que se agote. Ya no encontraremos a Carlos Rangel en las Páginas Culturales de El Universal, ni podremos ponernos al día de las novedades editoriales leyendo al Papel Literario de El Nacional o el Suplemento Cultural de Ultimas Noticias.

La auténtica esfera pública venezolana, como la analizaría el sociólogo alemán Jürgen Habermas, no está en los medios de comunicación controlados por el Gobierno, sino en las tecnologías digitales que sostienen las redes, el internet y los celulares inteligentes. Las soporíferas cadenas de televisión del Presidente Maduro, las aberraciones políticas y lingüísticas que profiere cada vez que habla, perdieron su vigencia y sentido de ser ante el avance global de las redes. Individuos y grupos siguen teniendo esa necesidad de discutir asuntos de interés mutuo y llegar a un consenso, pero ya no utilizan los medios de comunicación de masas tradicionales. La hegemonía existe y está contra el Gobierno. El milagro del chavismo fue haber despertado una conciencia política en la juventud liceista y universitaria, ese grupo que se llama a sí mismo, con o sin razón, “Generación del 2007”. Otro logro del difunto fue colocar a la pobreza en el tapete de la opinión pública como uno de los puntos importantes a discutir en la esfera de Habermas y sigue estando ahí, lo cual es un juicio lapidario contra el Gobierno, aunque su logro más importante sigue siendo el haber logrado la toma de conciencia política de la juventud venezolana.

Hace veinte años hubiésemos tenido que esperar que un equipo reporteril de Venevisión, RCTV o Venezolana de Televisión hiciera acto de presencia en el plantón para enterarnos de lo que ocurría y si había un helicóptero cerca, mejor todavía, tendremos imágenes desde arriba, bastante cercanas al tiempo real. Hoy en día, gracias a las tecnologías digitales podemos presenciar, en una especie de tomografía en 3D espiritual, capaz de desnudar y mostrar las debilidades y fortalezas éticas de manifestantes y fuerzas policiales, las situaciones que perfilan el drama de la convulsionada esfera pública venezolana. Todos somos ahora participantes de un espacio virtual creado por el sacrificio supremo de estudiantes venezolanos. Miles de cámaras y teléfonos celulares documentan con precisión los abusos recurrentes de las llamadas fuerzas del orden público, alterando el significado mismo de nuestro espacio político. La arquitectura de nuestras ciudades ha cambiado y estamos más cerca en ese sentido de las novelas Snow Crash de Neal Stephenson, Neuromancer de William Gibson o la película Matrix de lo que pudiéramos suponer. Nos damos cuenta y luchamos contra la opresión sin tomar en cuenta a los medios de comunicación de masas que utiliza el Gobierno para reprimirnos ideológicamente. Ya no tenemos que vivir en El Paraíso, la Plaza Altamira o el barrio Caña de azúcar en Maracay para conectarnos con el coraje de quienes enfrentan la represión. La lucha es desigual y se lleva a cabo en arenas diferentes, aunque a la final, el premio sea el mismo: la conquista del poder político. El infocalipsis, el caos producido por la pérdida en la calidad de información, golpea más al Gobierno que a la oposición, pero no garantiza necesariamente las negociaciones de salida que tendrán que llegar tarde o temprano o el perfil ideológico del futuro gobierno de transición.

Sería bueno recordar los inicios de la Primavera Arabe. Ella comenzó en diciembre de 2010 cuando Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante de frutas en Túnez, se suicidó, inmolándose en plena calle en protestas por las humillaciones recibidas por las fuerzas policiales del dictador Zine Ben Ali. Apenas dos años antes, el régimen había sido capaz de contener duras protestas en Gafsa, un pueblo minero en la región central y básicamente porque el resto del país ni se enteró de lo que pasaba, estando los medios de comunicación en manos del Estado o amenazados por él. Menos de 28.000 tunecinos tenían entonces cuentas en Facebook, pero cuando Bouazizi realizó su sacrificio, una acción política sin precedente, más de dos millones de personas utilizaban diariamente la herramienta digital. La protesta se hizo viral y tomó el mundo por sorpresa. Se le unieron los blogeros del norte de Africa, así como Global Voices, un grupo de ciudadanos entregados al periodismo de calle. Al Jazeera tomó entonces la decisión de transmitir los videos tomados a través de celulares en las protestas y el 5 de enero del 2011, menos de dos semanas después de la muerte de Bouazizi, Ben Alí huyó del país, precipitando un cambio de gobierno. Hoy se le reconoce al humilde vendedor de frutas el rol de padre de la Revolución tunecina, al punto que recibió de forma póstuma el Premio Sajarov, con cuatro personas más, responsables de haber iniciado la llamada Primavera Arabe.

Al año siguiente le tocó el turno a Hosni Mubarak, Presidente egipcio desde 1981, tras el asesinato de Anwar Sadat a manos de soldados fundamentalistas en protesta por haber firmado un Tratado de Paz con Israel. Lo ocurrido en Túnez fue el detonante, pero el Gobierno egipcios no le dio importancia a las nuevas redes digitales y al rol que cumplieron en la creación de una nueva esfera pública, donde la gente podía publicar imágenes y noticias, analizarlas y organizarse a fin de impulsar un cambio democrático. Unas semanas después Mubarak tuvo que abandonar el poder luego de multitudinarias protestas. La conectividad digital había logrado poner en contacto a jóvenes y adultos de ideas similares, borrando por completo el impedimento de fronteras o distancias geográficas. No era necesario ir a tomarse un café en el mismo sitio para enterarse de lo que ocurría y conspirar, como ocurrió en París antes de la Revolución Francesa. Sólo tenías que encontrar el hashtagapropiado. Si no encuentras a gente parecida a ti, no puedes pertenecer a una comunidad. Si el Gobierno se atribuye el derecho a controlar los medios de comunicación tradicionales, que pretenden decirte cuál es tu lugar en el mundo y te amenazan de paso, encuentras entonces tu lugar en las redes. Ahí podrás ubicar a los que piensan como tú y discutir, disentir y organizarte como es debido, sin restricciones o peligro de muerte.

Zeynep Tufekci, una académica norteamericana nacida en Turquía, acaba de publicar un largo ensayo sobre el tema, titulado acertadamente Twitter and Tear Gas. The Power and Fragility of Networked Protest, publicado en mayo de 2017 por la Universidad de Yale, que comenta las bondades de este nuevo movimiento de masas, articulado a través de las redes electrónicas. Pero Tufekci advierte también sobre el peligro de despreciar o desechar la organización que los partidos políticos tradicionales ofrecen, sobre todo a la hora de movimiento tácticos en la lucha democrática, capaces de concretar resultados o de negociar con el adversario. Así como han contribuido al cambio necesario, estas protestas formadas al calor de la conexión digital, se han quemado también en la efervescencia de una acción de calle atomizada sin mayor resultado. Corremos el mismo riesgo: ya Siria pasó por ahí y transita el camino de una guerra civil con una oposición bien conectada digitalmente, pero dividida en docenas de grupos opositores sin cohesión o liderazgo visible. La meta no es divertirse o demostrar poder de convocatoria, el único objetivo es un gobierno de transición.

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