Todo comenzó hace un par de años cuando el Ministerio de Educación israelí negó la solicitud hecha por varios profesores de añadir una novela de la escritora Dorit Rabinyan al curriculum que los estudiantes pueden leer en los últimos años de bachillerato. La ficción, titulada Gader Haya, algo así como vivir fuera o del otro lado de la cerca en hebreo y traducida a varios idiomas con títulos tan disímiles como Borderlife o All the rivers al inglés, Sous la même étoile en francés y de manera más apropiada en alemán como Wir sehen uns am Meer, por el origen bíblico de la frase, narra una historia inverosímil. Una traductora israelí de ascendencia iraní conoce en Nueva York a un joven artista palestino y se enamora de él. El muchacho también cae bajo los encantos de la dama y comienzan su luna de miel en la asombrosa ciudad. Todo bien, pero los burócratas del Ministerio de Educación consideraron que era inapropiada para el curriculum al proponer indirectamente matrimonios mixtos y la asimilación de parejas ajenas a la fe de Moisés. No hubo forma de echar para atrás la decisión, a pesar de la oposición de importantes dirigentes políticos. Ni siquiera se reconsideró la medida al renunciar en protesta dos de los miembros del mismísimo Comité de evaluación encargado de recomendar textos literarios apropiados para estudiantes de bachillerato. Sacaron el libro del curriculum y punto. La realidad, sin embargo, es otra: la polémica transformó a la novela en un bestseller y terminó siendo leída por millones de personas, jóvenes, adultos mayores, chamos pre-adolescentes y profesores. Todos la comentaron, analizaron, discutieron y terminó siendo traducida a docenas de idiomas.

Para tener una idea del impacto que tuvo la obra tendríamos que imaginarnos una historia de amor venezolana protagonizada por la hija de algún Ministro del gabinete de Nicolás Maduro o de un oficial del Alto Mando militar con un veterano de la resistencia estudiantil en Altamira o San Cristóbal y que el libro fuera recomendado en una reunión de Directores de la Biblioteca Nacional en el Foro Libertador, como libro de texto a ser leído por estudiante de bachillerato. Y de ser posible, editado por El perro y la rana, que así creo que se llama la editorial que trabaja con fondos de la Unión Cívico Militar Zamora y el muy popular Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Insólito. Sólo que el libro de Rabinyan es una maravilla. El encanto del instante cuando la pareja se conoce y empieza a darse cuenta, sin mucha preocupación inicialmente, de lo mucho que se gustan y de la poderosa atracción mutua, sería suficiente para garantizar la permanencia del libro. Lo preocupante no es la intensidad de sus relaciones sexuales: es el amor, la ternura con que empiezan a tratarse. Pero casi inmediatamente les toca calcular las posibilidades del éxito de la relación cuando él regrese a Ramala, la capital de Palestina y ella a Tel Aviv. El libro inicia entonces su metamorfosis y se vuelve político. La oposición de sus familias será brutal y caen en cuenta de los futuros problemas al enviar la mujer a su hermana mayor un email comentando una deliciosa jornada, recorriendo galerías de arte al sur de Manhattan. Recibe su primera advertencia y una ligera amenaza. Luego llega de visita el hermano del palestino y le toca el turno a ella recibir las recriminaciones políticas obligatorias, como si fuera representante de la Knesset por su condición de judía. Cada familia considera o terminará etiquetando la relación como una gigantesca traición política, familiar y religiosa. La hora de Judas. Pero la relación existe y más allá de la controversia política, la realidad es que se quieren y necesitan. Por eso es una ficción y como tal, apenas una ventana a lo que puede o no ocurrir, sin que necesariamente tenga que hacerlo y esta capacidad para imaginarnos otras realidades es justamente lo que nos hace humanos. Nadie entendió la decisión del Ministerio de Educación israelí, a pesar de contar el curriculum en cuestión con muchas otras obras donde se narra el matrimonio de judíos con parejas cristianas, islámicas o ateas, desde Isaac Bashevis Singer, pasando por Shmuel Yosef Agnon y Haim Bialik. El tema no podría ser más pertinente, sobre todo ahora con la nueva ola de violencia provocada por la equivocada decisión israelí de colocar detectores de metales en la entrada a la Explanada de las Mezquitas en la ciudad vieja de Jerusalén y que en los últimos días ha causado asesinatos de lado y lado.

La novela de Rabinyan asoma una puerta a la realidad venezolana, consumida por una intransigencia abismal que parece no tener fin. Yo trabajo en una finca, mi papá nació en ella y sus padres también y prefiero tener a trabajadores todavía con simpatías hacia lo que representó Chávez en algún momento. Y por razones muy sencillas y hasta prácticas: la más importante es que les tengo aprecio y son gente auténtica, dicen lo que creen y han demostrado constancia en su honradez y amistad. La segunda es que me hacen ver el mundo de otra manera, me permiten pensar las cosas desde otro ángulo, a lo cual no me aventuraría sí sólo me la pasara con gente que piensa igual que yo. Y decidir, consciente o inconscientemente, no frecuentar a gente distinta a uno y no hacer el esfuerzo por comprenderla, es sinónimo de barbarie. Enfrentarlos por sus simpatías políticas es salvajismo. Y pensar en la guerra como alternativa a una sociedad donde tengan derecho a pensar sin miedo es una degeneración de nuestras capacidades intelectuales, peor que la demencia senil.

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