Me imagino que cuando Teodoro abrió la puerta de su casa para dejar entrar al Tribunal de oficio, sintió el hedor que atrae a las moscas. Afuera, la acera estaba cubierta con nubes de estos insectos asquerosos. El amanecer grisáceo, fantasmal, oscuro, a mitad de camino entre la noche y la mañana, indecisa la corrupción en determinar la hora de la emboscada. Las moscas parecen haber invadido todo. La podredumbre se ensañó: pescados muertos flotan en el agua o yacen tirados en la arena. El agua misma luce descompuesta, gris, con rastros de aceite, oscura, sin que la luz del sol lograra disipar el color enfermo que la invade. No hay manera de huir de ellas, se te pegan al cuerpo, no te dejan ver. Pero hay que seguir, es otra oportunidad de impedir que el culpable escape y se salga con la suya.

Las moscas no provienen de la descomposición moral de una persona o un grupo en particular, lo cual podría discutirse, sino de la putrefacción nacional. La crisis es social, no individual, aunque cada uno tenga su gota de responsabilidad, unos más que otros, pero nadie se escapa. Zeus, Dios supremo entre los griegos, es el señor de las moscas y de la muerte, escribe Sartre en Les mouches. Terror en las calles, la gente huye atemorizada, el pánico los paraliza y las moscas, gordas como langostas toman la ciudad por asalto. El aire se desvanece, se diluye en una suciedad amarillenta, un amanecer plagado de premoniciones y sustos. Dieciocho años antes, le explica Zeus a Orestes, que ha llegado a Argos con la intención de vengar el asesinato de su padre Agamenón por el usurpador Egisto y su propia madre Clitmenestra, un olor nauseabundo tomó posesión de la ciudad. La descomposición y el crimen envilecieron al reino y las moscas empezaron a engordar. Esperen dos años más y parecerán sapos.

Pero una persona basta para hacer la diferencia, no hacen falta pronunciamientos grandiosos, consciente el orador de su importancia o trascendencia. Nada que ver, es un momento de lucidez solitaria, de claridad meridiana que lo obliga a pronunciarse, tal como le ocurrió al Teniente Coronel Georges Picquart, al darse cuenta de que se había cometido una injusticia con Alfred Dreyfus, oficial del Ejército francés degradado y condenado a prisión por traición. Había un traidor que llevaba carpetas con secretos militares franceses a los alemanes, pero era un individuo de buena familia y católico. Dreyfus, en cambio, era judío, eso bastó para condenarlo, a tal punto corría el antisemitismo en las venas de los militares, un odio irracional, vestigios de barbaries no caducadas que someten la mente de algunos iluminados. A petición de su amigo Roman Polanski y pensando en una posible película, el escritor británico Robert Harris escribió una novela sobre esos años de la vida de Picquard cuando decidió no quedarse con los brazos cruzados ante la evidencia de la injusticia cometida.

El impulso a ocasionar y contemplar la humillación del otro parece alimentar las ambiciones de algunos, escribe Harris en An Officer and a Spy. Los romanos alimentaban a los leones con cristianos, los nazis con judíos, pero Teodoro está demasiado flaco como para servir de carnada a la jauría que pide sangre. Todos somos Picquard, así no se den cuenta algunos. Este oficial sufrió las consecuencias de luchar contra el antisemitismo: fue exilado a colonias francesas en Africa, enviado a misiones de donde seguramente no regresaría vivo, después degradado y encarcelado, pero no desistió. A la final, ayudó a hacer justicia y se reincorporó a las filas del Ejército, llegando incluso a ser Ministro de Guerra en el gabinete de Georges Clemenceau en 1906. Picqard era un melómano a la par que un gran luchador, un hombre honesto. Salía corriendo de la sala de tribunales para ir al Teatro y asistir, por ejemplo, a la premier de Prélude à l´après-midi d´un faune de Claude Debussy y después regresaba al rol que le habían asignado sus superiores en el caso contra el judío francés, por lo que fue recompensando con la jefatura de los servicios de contra-inteligencia del Ejército. Entonces se dio cuenta de la verdad y empezó a meterse en problemas, sin dejar nunca la música y a su amante de lado.

Al final de la novela, Dreyfus se le acerca a Picquard cuando ya es Ministro de la Defensa, nunca se habian encontrado en persona y le agradece su conducta. Picquard le contesta que seguramente obtuvo su cargo gracias a él, por haberse enfrentado a sus acusadores. No General, le responde Dreyfus, lo obtuvo porque cumplió con su deber.

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