Venezuela era un país cafetalero antes del boom del petróleo, existía la ganadería, pero las valles y montañas a lo largo del país estaban sembrados con el cafeto, un incomparable y noble arbusto que nos deleita con su fruto. Prevalecía el cultivo en la región andina, se extendía al centro del país y Carabobo no era una excepción. Las colinas de Canaobo, Montalbán y Nirgua eran fincas productivas, húmedas y muy oscuras, como suelen ser las zonas donde prospera la caficultura. Llegó la crisis del año 1928 que arruinó a tanta gente a lo largo del mundo y el precio del grano cayó, empobreciendo a muchos venezolanos. Mi abuelo, que trabajaba cultivando y vendiendo su cosecha, casi pierde su finca, ubicada en Montalbán. Pudo sobrevivir gracias al crédito otorgado por una institución financiera, la inflación era casi inexistente y a punto de esfuerzo, levantarse de madrugada y acostarse doblado por el cansancio, sacó adelante su propiedad. Pero tuvo que cambiar sus prioridades, decidió reservar parte de su tierra a otro cultivo, sin amarrar toda su inversión a un mismo saco y probó con la caña de azúcar.

El negocio fue rentable y al poco tiempo empezó a moler su propia caña, sacando a la venta un papelón de buena calidad que distribuía en la región central. Después sacó un aguardiente que consolidó el negocio. Pero siguieron los cambios, vinieron otros tiempos, la siembra y comercialización de frutales prometía más ganancia y así, a comienzos de los años sesenta, con la ayuda de sus hijos, una segunda generación entregada en cuerpo y alma a la empresa, modificó el escenario de producción. Mantuvo el café, sobre todo en las montañas donde había más sombra y precipitación y empezó a sembrar naranjas. Se consolidó la producción de frutales y llegó a exportar al área del Caribe. Luego apareció el virus de la tristeza, una terrible enfermedad que acabó con la citricultura nacional, que prosperaba gracias a un noble portainjerto, la cajera, resistente a casi todas las enfermedades e inclemencias del tiempo, pero susceptible al virus que acabó con ella. La producción nacional bajó de casi un millón de toneladas de naranja a menos de doscientas mil. La década de los ochenta fue un tiempo de resiembra y reconversión, de apostar al futuro. La empresas agropecuarias contaron con el apoyo del Fondo de Crédito Agropecuario y gracias a condiciones apropiadas, una inflación bien controlada, mi abuelo, como tantos otros, resembró su propiedad y salió adelante.

La empresa familiar empezó a contar con el esfuerzo de la tercera generación y pudo resembrar con un portainjerto resistente, la mandarina Cleopatra. Pero a finales de los años noventa comienza otra crisis, inicialmente de orden político: Hugo Chávez gana las elecciones y empieza la debacle: secuestros, robos, corrupción, expropiaciones, la inflación arranca y empezaron a agotarse los recursos y el apoyo del Estado. Hoy, unidades de producción que necesitan dos mil sacos de fertilizantes reciben de Agropatria si acaso treinta o cincuenta sacos. Se paralizaron las fábricas de fertilizante en Puerto Cabello y se privilegió la economía de puertos en un país con los recursos contados. Y finalmente, para rematar, llega al país una nueva enfermedad, el HLB, el Huanglongbing o Greening de los cítricos, ocasionada por una bacteria y un vector (el insecto que la transmite) cuya presencia ya fue certificada en todas las zonas productoras del país y ante la cual parece no haber cura posible.

El escenario de produción de los próximos años se ve difícil. No es lo mismo pedir un crédito para resembrar o cambiar de cultivo con una inflación mínima que tener la más alta entre todos los países de la Tierra, cuando ninguna institución financiera va a perder a corto plazo el valor de su inversión. No hay créditos, no hay fertilizante, ni repuestos para maquinarias que no han sido renovadas. No hay seguridad y la descapitalización aumenta. La crisis social afecta de tal punto a las regiones productoras, que los robos de alimentos y equipos se han disparado a niveles intolerables. Ya es común escuchar a productores confesar que les han robado hasta el 20% de su cosecha. Con las cárceles hacinadas, meter presos a los culpables no es una solución apropiada a corto plazo o como programa de país. Los mejores especialistas afirman que en dos o tres años no existirá la citricultura en Venezuela y los demás cultivos languidecen ante la despreocupación del oficialismo, sólo interesado en mantener su poder a toda costa y evadir las sanciones internacionales.

El reto es gigantesco, no sólo estamos hablando de la desaparición de empresas familiares con tradiciones centenarias, sino de la continuidad misma del país como nación capaz de velar por las necesidades más elementales de sus habitantes. Los peligros son inmensos. Un país más organizado, Estados Unidos por ejemplo, ha enfrentado el problema del Greening de otra manera. A estas alturas no contamos con viveros capaces de ofrecer plantas certificadas para sembrar con mayor control del vector. Harían falta millones de árboles nuevos y apenas estamos en conversaciones para proyectar la siembra de unos miles. El esfuerzo se hizo hace cuatro décadas atrás cuando la tristeza atacó, pudimos salir adelante, ¿pero cuál es la visión que ofrecemos hoy para enfrentar el futuro? El panorama es alarmante: las nuevas generaciones huyen del país buscando mejores horizontes y la tierra queda sola, sin gente, sin producción, sin semillas o fertilizantes. Quizás no tenga la destreza necesaria para salir solo de este abismo, pero hay que tener fe en la gente, no en el Gobierno actual, hace años que perdimos la confianza en él, sino en los gremios y organizaciones democráticas. El cambio no sólo será político, la inteligencia asumirá el liderazgo, así como la creatividad para reconocer oportunidades en un futuro entorno económico sin controles asfixiantes o corrupción. Pero primero, antes que nada, hay que salir a votar.

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